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Analizar los acontecimientos de la política internacional debería ser un ejercicio de reflexión constante. De ellos podemos aprender lecciones valiosas o ejemplos por evitar. Ese proceso, en el caso de Costa Rica, debe realizarse a partir de nuestra visión como país que ha procurado llevar la batuta y el liderazgo en diversos temas.

 En todo el orbe, pero especialmente en América Latina, afrontamos la arremetida de una línea conservadora que parece fusionar todos los malos ejemplos que han lamentado muchos países en diversas épocas. Se trata de la combinación de una política económica irresponsable, con una pizca de retroceso en materia de derechos humanos, conjugado con una afrenta clara a las libertades elementales más básicas y un cuestionamiento peligroso a la democracia.

 Ese movimiento conservador y fundamentalista ganó las recientes elecciones de Brasil. Ante ello, no podemos callarnos ante la amenaza que representa Jair Bolsonaro para su país, América Latina y el mundo.

 ¿Hay elementos de dicho movimiento que puedan ser comparables con sectores políticos costarricenses? Lamentablemente sí. En primer lugar Bolsonaro, como otros populistas nacionales, utilizan la pobreza con fines electorales. En realidad, poco o nada le interesan las condiciones de vida de los sectores  con más necesidades. Bolosonaro, por ejemplo, no ha dicho nada sobre la caravana de migrantes que va hacia Estados Unidos desde Centroamérica. Tampoco ha dicho nada sobre las mujeres violadas en las fronteras por huir de la pobreza, o por las muchachas que en precarios son violadas por su propia familia por vivir en condición de pobreza.

Otro elemento que caracteriza a estos movimientos es que construyen arbitrariamente enemigos. Lejos de buscar unir la sociedad, buscan la separación y no toleran la diversidad. Usan como pretexto la “ideología de género” para desatar su odio. Primero fue contra la  población LGTBI y se han enfocado recientemente en los derechos de nosotras las mujeres. A Bolsonaro no le da pena decirle a una diputada que ella no merece ser violada por ser mala y fea. Además, ha lamentado públicamente tener una hija mujer, porque ese “fallo” se debió a una debilidad.

Sobre los homosexuales, ha dicho que sería incapaz de amar a un hijo gay y que preferiría que muriera en un accidente.

Los movimientos conservadores y fundamentalistas, tanto en Costa Rica como en Brasil, animan de manera peligrosa un odio a las reglas de juego democráticas.  Dicen con ligereza cosas horrendas, como Jair Bolsonaro, quien manifestó su apoyo a la tortura y a una eventual guerra civil para cambiar su país.

Son también anti-ciencia, niegan el cambio climático y han amenazado con talar todo el Amazonas. No creen en la educación sexual y han llegado hasta a cuestionar las vacunas.

En Costa Rica hay muchos políticos criollos que no les da la mínima vergüenza decir que se parecen a Jair Bolsonaro. En pleno Siglo XXI se empiezan a escuchar ideas muy peligrosas como diputados expresando que Costa Rica necesita una teocracia, entendida como el Gobierno de Dios donde los ministros de Dios sirven para las leyes de Dios.

Que la mayoría de países del mundo viva bajo un régimen de República democrática no es casual, ha costado siglos, ha costado sangre, guerras, lágrimas y  páginas de la historia. Todo con el fin de defendernos de la tiranía. La teocracia, por definición, es opuesta a la democracia.

Debemos hacer un alto y dejar de exaltar a líderes de otros países como Bolsonaro. No cometamos la barbaridad de emular sistemas de gobierno que no tienen absolutamente nada que ver con la idiosincrasia costarricense.

Debemos estar atentos de lo que ocurra en Brasil y la promesa hecha por Jair Bolsonaro de retomar la dictadura, la tortura y la muerte al que piensa diferente.  Todo ello no puede ser permitido en el Siglo XXI. Brasil no está solo. No vamos a permitir que el fenómeno de Jair Bolsonaro se extienda por América Latina. Aquí en Costa Rica hay amigas y amigos que vamos a aportar para defender el régimen democrático en Brasil.