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Mientras la violencia predomina tanto en las calles como en las redes sociales, nuestro país parece enrumbarse a la deriva, acercándonos cada vez más al vacío que dejaría un gobierno declarado en bancarrota. Si bien el paquete fiscal tiene sus puntos débiles, el costo de la inacción en temas fiscales es indudablemente mayor al costo del actuar. Sin embargo, mientras enfrentamos esta decisión tan importante, también nos olvidamos de que tenemos una deuda climática que saldar, una deuda que pone en riesgo nuestra existencia como especie y como país.

Cada día que postergamos decisiones sobre la reforma fiscal del Estado, se hace más complicado buscar soluciones para ambos problemas. Por un lado, el gasto desenfrenado en el Gobierno seguirá aumentando la deuda de nuestro país sin ningún mecanismo que lo controle. Y por el otro, entre más precaria se vuelva esta situación, más olvidamos nuestra deuda con el clima, justo en un momento donde los daños causados por el cambio climático se comienzan a manifestar de manera poderosa.

El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático señala la volatilidad de nuestros recursos hídricos como el mayor riesgo climático de nuestro país, que ya se ha manifestado en Guanacaste con grandes consecuencias sociales y económicas. De igual manera, sería inocente pensar que nuestras áreas protegidas —cuyos guardaparques hacen milagros con los pocos recursos que disponen— tengan alguna prioridad en épocas de déficit fiscal. Si ya de por sí sus recursos son ínfimos, ¿qué podrán hacer para proteger nuestros bosques si el gobierno se declara en bancarrota? ¿Cómo podremos concentrarnos en el futuro de nuestra nación si no tenemos estabilidad económica en el corto y mediano plazo?

No es descabellado pensar que nuestros recursos naturales y nuestra biodiversidad pueden ser nuestros aliados en la lucha por reducir el déficit fiscal. Al fin y al cabo somos un país pionero en finanzas ambientales que a finales del siglo pasado desarrolló un modelo de pagos por servicios ambientales que permitió garantizar mejores y más estables ingresos a nuestros agricultores, así como recuperar nuestra cobertura boscosa. Los bosques también se han convertido en una de las mayores atracciones turísticas de nuestro país, siendo una fuente importante de ingresos para empresas y el Estado. Debemos tener claro que la protección de nuestra biodiversidad puede y debe de ser un aliado en la reducción de la deuda, no un tema de baja prioridad mientras esta sigue creciendo.

Esto se puede lograr a partir de mecanismos de canje de deuda por naturaleza. Aunque es una estructuración financiera relativamente nueva, ya existen ejemplos operando en el mundo. En las islas Seychelles, 1.500 kilómetros al este de África Oriental, se está utilizando un mecanismo de canje de deuda por naturaleza, con la condición de mejorar el manejo de sus extensos recursos marinos para acelerar la adaptación al cambio climático. Con la ayuda de NatureVest, la rama de inversión de impacto de la ONG The Nature Conservancy, y otros inversionistas de impacto, se creó el Seychelles Climate Change Adaptation Trust (SeyCCAT), un fideicomiso enfocado en mejorar la gestión de recursos marinos y de la adaptación climática de estas islas. El fideicomiso logró comprar una parte de la deuda soberana del país, permitiéndole al gobierno Seychellois pagar intereses más favorables sobre su deuda, siempre y cuando el Estado se comprometa a mejorar sus políticas publicas sobre el manejo sostenible de recursos marinos y de adaptación climática. De no ser así, los pagos sobre la deuda volverían a sus tasas originales. Luego, el fideicomiso se encarga de pagar la deuda del país, pero también utiliza sus ingresos para apoyar financieramente a proyectos de conservación marina y de adaptación climática, redoblando esfuerzos para mejorar el medio ambiente Seychellois.

Si bien las condiciones sociopolíticas y geográficas de Seychelles y nuestro país son completamente diferentes, esto no debería desalentarnos para buscar opciones que nos permitan salir de la crisis, apoyándonos en el recurso natural más importante que resguardamos. No podemos perder el optimismo que nos permitirá salir de esta grave situación en la que nos encontramos; tampoco podemos olvidar que somos pioneros globales de la conservación, así como un país que entiende que no hay conflicto entre el bienestar ambiental y el desempeño económico.

Debemos seguir empleando nuestra gran biodiversidad en la creación de bienestar para todos los costarricenses. Seamos fieles a ese espíritu patrio y encontremos en nuestros bosques y mares grandes aliados para sacar a nuestro país adelante. De paso nos alejaremos de la incertidumbre que amenaza con cambiar nuestro país para siempre.