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Algunos pensadores han subrayado el sentimiento de pertinencia y excepción que supone el juego, la posibilidad que posee aquel que juega de sustraerse, durante algún tiempo, de las condiciones normales que rigen a la sociedad.

Este estado de excepción se relaciona con el secreto que rodea muchas veces a la actividad lúdica y, a la vez, el misterio del juego se expresa de manera preferente en el disfraz.

Todo este entramado de juego, misterio y disfraz rompe con la temporalidad cotidiana e instaura otra, no por efímera menos atrayente. Pero esta ruptura, afirman los filósofos, tiene como objetivo último conservar el orden que se pretende violentar con el juego. En términos más cercanos a nuestra experiencia, diríamos que el domingo contrasta con la semana de trabajo pero, a la vez, ese paréntesis placentero sirve para afirmar la obligatoriedad del resto de los días.

En ocasiones, el juego posee un carácter revolucionario que permite poner en jaque las estructuras consagradas, es un desorden momentáneo que da paso a tiempos mejores.

Pero puede suceder que el juego se busque por sí mismo, que se intente convertirlo en una forma de vida permanente. Es esto último lo que analiza el ensayo Infancia e historia, de Giorgio Agamben quien, como parte de una reflexión acerca del papel de la actividad lúdica en la sociedad, analiza el episodio de la novela de Collodi en el que Pinocho llega al país de los juguetes.

En este universo donde impera el juego ha desaparecido la estructura del calendario. Todo se convierte en juguete, las personas entran en una vorágine temporal y emocional imparable. Se rompe el intercambio entre las estructuras fijas y el impulso de renovación que supone el tiempo histórico: toda actividad se estanca en el momento tan añorado de la infancia y no hay progreso posible.

Al repasar lo sucedido en la pasada “huelga nacional”, no puedo dejar de pensar en todas estas reflexiones de los eruditos. ¿Cómo se explican las orejitas de gato, la zumba, los bailes, las bromas inoportunas, el irrespeto a lo instituido, por ejemplo, a la voluntad popular que eligió al presidente de la República?

¿Cómo se entiende la negativa a volver al trabajo de ciertos sectores, la imposibilidad de comprender el rechazo de la mayoría de la población ante los métodos de protesta empleados? ¿La irresponsabilidad de atacar puntos neurálgicos de la economía, la insensibilidad que supone descuidar los hospitales y las escuelas? Cegados por una falsa sensación de poder y unidad,  al margen de las actividades de todos los días, embriagados por la fiesta, los huelguistas ni siquiera se percataron del precipicio a que llevaban al movimiento sindical.

Para mayor preocupación pienso que el gremio más recalcitrante, el que más insiste en aislarse de la responsabilidad histórica que les corresponde y que no parecen comprender es el de los maestros, nuestros soldados.

Sin embargo, aunque esta constatación es dolorosa, no sorprende. Desde hace décadas hemos comprobado cómo se ha ido debilitando la formación profesional de maestros y profesores a favor de las técnicas de enseñanza, cómo se ha propagado en los colegios la ideología del pobrecito, cómo se han invertido los papeles entre quiénes deben tener la autoridad debida a sus conocimientos y los que deben aprender. Cada día vemos más niños que terminan el primer grado sin distinguir las vocales, más supervisores que prohíben corregir la ortografía, más padres de familia que llegan a exigir que se promueva a sus hijos.

Todo lo anterior parece parte de un carnaval, de una gran fiesta que, sin embargo, ha perdido ya todo poder subversivo, porque el orden que tal vez podría trastornar seguirá instalado ante la ausencia de propuestas serias, solo que estará aún más empobrecido que antes.

Entonces, la actitud de los maestros en la huelga es en buena medida la cara extrema de una situación previa: ya en la escuela vivíamos en el país de los juguetes.