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América Latina es una de las regiones con más quiebres en su democracia, con golpes militares, dictaduras (tanto de izquierda, como de derecha), reformas constitucionales constantes, y más recientemente, sistemas electorales cuestionados, como el caso de Venezuela, Honduras, Nicaragua.

Actualmente, se suma a todo esto una amenaza a la democracia: el ascenso de partidos evangelistas y conservadores, que venden discursos de principios y de buena moral para conseguir votos y atención popular. Discursos pro familia tradicional y religiosos, que han despertado odio y discriminación.

En Costa Rica fuimos testigos de esta situación hace unos meses con las elecciones  presidenciales, donde la resolución de la Opinión Consultiva 24/17 de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que avalaba finalmente el matrimonio igualitario, fue el foco principal de los debates y la contienda electoral, y los discursos discriminatorios, conservadores y pro familia tradicional, posicionaron al candidato evangélico en una segunda ronda.

Actualmente Brasil enfrenta un panorama incluso peor me atrevería a decir, dada su historia política. Hace unas semanas el ultraderechista Jair Bolsonaro, con discursos abiertamente homofóbicos, racistas, machistas y discriminatorios, lideró la primera ronda en las elecciones presidenciales del país sudamericano.

Estas ideas conservadoras y fuerzas ultraderechas que surgieron en Costa Rica y Brasil, no son un hecho aislado, pues países como Chile, Honduras, Argentina, Colombia, Venezuela y  México, han visto corrientes político-religiosos inmiscuirse en las contiendas electorales. Ahora bien, con esto no pretendo afirmar  que los partidos políticos evangélicos estén bien o mal, sino que irónicamente son estos los que han venido esparciendo discursos anti-derechos que atentan contra la democracia. Y este no es un problema que provenga solo de la derecha, pues algunas ideologías de izquierda en la región también han amenazado y puesto en jaque sistemas democráticos (Venezuela, Bolivia, Nicaragua…).

Se han venido promoviendo giros ideológicos radicales y clases políticas que buscan mantener sus privilegios y su poder, sin espacios de análisis y autocrítica, sin importar de qué manera puede afectar o no sus discursos populistas y propuestas sin un real contenido jurídico ni político.

Por esta razón, el verdadero reto está en enfrentar este desafío sin desquebrajar los sistemas democráticos  y fortaleciendo los mecanismos de protección de derechos humanos. Es inconcebible una democracia sin el respeto y garantía a derechos, y estos movimientos conservadores con sus discursos de odio, fomentan la discriminación y la agresión a las personas más vulneradas, atentando contra la una de las principales escancias de la democracia: Los Derechos Humanos.