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Feminicidios, violaciones, abusos, violencia, ¿qué pasa con Costa Rica? Es una pregunta válida, al igual que ¿en qué se ha convertido nuestra sociedad? Sin embargo, no estamos en momentos para discusiones metafísicas, ante situaciones tan claras. Grises son las circunstancias, durante muchos años potenciales vidas maravillosas han pasado a ser rancias, a causa de la violencia. Actualmente hemos pasado a reducir las vidas de las personas a cifras. Una sociedad acostumbrada a la violencia es dependiente de las cifras, ¿cómo? Simple, un feminicidio probablemente pase desapercibido (por desgracia), pero ¿cuándo son más de diez en cuestión de tres meses? La situación cambia, la perspectiva es otra.

No estamos en momentos para discutir, sino para actuar. La coyuntura actual hace cada vez más necesario un movimiento feminista, fuerte, grande y unido. Y esto probablemente no suene bien ante los oídos de una parte —sustancial— de nuestra población. Esa parte que ha vivido y espera seguir viviendo acomodada en un sistema desigual para y con las mujeres, y otro sector indiferente ante lo que acontece.

Es momento de hacer conciencia, es momento de pensar ¿qué pasaría si el miedo cambiara de bando? Probablemente usted (hombre) no se haya pensado caminando con miedo, por el hecho de ser seguido por una mujer. Tal vez usted no haya imaginado lo que es no poder salir de fiesta con tranquilidad, por las múltiples posibilidades de que termine muerto en un caño, calle o basurero luego de ser violado hasta perder la consciencia. Y lo más seguro es que tampoco sabe (como yo no sé) lo que es sufrir acoso todos los días de su vida, en todos los espacios en los que participa, solo por cumplir con ciertos estándares definidos por esa masculinidad tóxica, dueña de todo y capaz de todo.

Pero hay algo que es lo más importante, y hay que dejarlo claro, ellas, las feministas, las “locas del pelo pintado”, “las feminazis”, “las peludas”, “las aborteras”, tampoco quieren, ni piden que el miedo cambie de bando de esta manera. No piden superioridad, no piden privilegios, no piden ayudas, ni limosnas, piden y luchan por algo más valioso: igualdad, ante el Estado y la sociedad. Piden que las dejen de asesinar, piden libertad y respeto, piden que las dejen de violar, piden la soberanía que básicamente cualquier ser humano tiene sobre su propio cuerpo.

Poco a poco hemos olvidado que detrás de cada “cifra” hay una vida, sueños, esperanzas, esfuerzos, dolor y un futuro por delante, el cual nadie tiene derecho a arrebatar. Necesitamos que las mujeres dejen de tener que convertirse en valientes por obligación, y lo hagan por decisión y convicción. Necesitamos dejar de pensar en “la reputación” de nuestro país en el extranjero cada vez que hay una violación, y valorar las vidas que se arruinan y pierden en nuestro país. Ante esta realidad poco importa esa imagen que vendemos al exterior, la cual se aleja bastante de lo que realmente se vive.

Hay algo que debe de llenarnos de esperanza, entre tanto dolor y desgracia; y es que por cada una que cae por culpa de la violencia machista, se levantan diez, y hasta más. No son una, ni dos, ni tres, son miles las mujeres que saben bien que al machismo no se le discute, se le combate. Estas palabras no son mías —son solo un pequeño aporte más— estas palabras pertenecen a todas esas mujeres que han muerto en manos del machismo, un enemigo latente y hoy más vivo que nunca, y en especial pertenecen a todas esas mujeres que se levantan, a pelear, por formar una sociedad lejos de la violencia, y cada vez más feminista.

El miedo cambiará de bando, pero esta lucha no es contra el hombre (es contra lo que representa el macho), por eso es necesario ser claros cuando decimos que el miedo cambiará de bando; al bando de los machistas, los agresores, violadores y acosadores. La Costa Rica del futuro será feminista, o no será.