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Los actuales acontecimientos en Nicaragua me remontan a la década de los 70 cuando la lucha fue contra el dictador Anastasio Somoza Debayle. Para cuando triunfó la llamada Revolución Sandinista (1979) yo cursaba el quinto año, en el Liceo Napoleón Quesada Salazar, Guadalupe de Goicoechea.

Varios de mis compañeros, desde tercer año pero a partir de cuarto en mayor número, eran nicaragüenses, expulsados de su país por las circunstancias políticas.  Quien resultó luego mi mejor amigo, vivió algunos años en mi humilde casa y era precisamente de esos nicaragüenses.  Sus padres también vivieron en aquella casa pero pocos meses, porque al venir a visitar a sus hijos, sus propias fronteras se les cerraron y no pudieron ingresar de nuevo.  Recuerdo experiencias solidarias comunes, es decir aquellos migrantes fueron recibidos en nuestras instituciones e incluso en algunos de nuestros hogares.

Compañeros del Napo, sus familiares y vecinos del barrio, hacíamos lo que llamábamos brigadas mensuales para recolectar dinero, víveres, medicinas y ropa, que enviábamos al vecino país, por medio de varias instituciones organizadas y autorizadas para ello.  Los migrantes al fin tenían aquí, pese al desarraigo obligado, un aceptable nivel de resguardo y solidaridad; el apoyo internacional fue muy importante, pero quienes aun permanecían en Nicaragua vivían momentos de profunda dificultad, carencia e inseguridad.

Cuando triunfó la Revolución Sandinista, el pueblo costarricense lo celebró como un triunfo propio, los estudiantes hicimos fiesta, en algunos barrios también, recuerdo las campanas de los templos católicos repicando por mucho rato, pero no recuerdo (quizá me falle la memoria) ninguna manifestación xenofóbica.  El dictador se había ido y eso era lo importante, procurar la democratización del país vecino y contribuir con la paz de la región.  Meses después supimos que Anastasio Somoza lo asesinaron en Asunción, Paraguay.

Hoy, casi 4 décadas después de aquel triunfo, vemos con profundo pesar el retroceso político del país hermano, contradictoriamente en manos de Ortega quien ha contribuido a devolverlo al mismo punto dictatorial y de desorden civil.  Él un día declaró la aquella revolución como  marxista-leninista, pero hoy poco difiere del otrora dictador de derecha, como reafirmando que los extremos se unen y confunden.

Pero también, es fácil constatar un retroceso importante, en algunos grupos de la población costarricense, hacia la xenofobia, el odio, la segregación y el rechazo para con el nicaragüense en particular y el migrante en general. Desde luego, las circunstancias han cambiado, los tiempos son otros, pero tales cambios, inevitables en cualquier proceso histórico, deberían mostrar mayor desarrollo cultural, humano y civilizatorio.

Parece que no aprendemos suficiente de las experiencias pasadas. Aun con los pocos vecinos fronterizos que posee nuestro pequeño país, deberíamos tener un protocolo claro y estratégico para este tipo de situaciones.  Nuestras instancias gubernamentales deben mostrarse más proactivas y previsoras, para evitar asaltos sorpresivos y, en cambio, avanzar en la vanguardia.  Por ejemplo en la activación de la ayuda internacional; en el proceso de inducción socio-cultural, en la definición de centros de hospedaje, estudio y atención integral, en la potenciación y promoción laboral, etc. para evitar que el migrante sea percibido como una carga o como un apéndice humano. Además, la enseñanza debe ser radical y sostenidamente, en procesos de formación en ética y especialmente en ética de de la alteridad y la solidaridad.  La reflexión desde la filosofía política debe ser profunda, pues lo radicalmente existente son las personas y los pueblos no las fronteras, en un globo terráqueo que debería pertenecemos a todos y no solo a algunos.

No podemos permitirnos una involución en esta materia y casi que en ninguna otra; porque, con Martí, tendríamos que aceptar que entonces “la escala universal de nuevo empieza”, en una especie de círculo vicioso y de eterno retorno, como volviendo a la hora cero, sin avance posible de segundero algunos, después de que aquella especie despertara del sueño neandarthalensis convertido en sapiens, entonces ¿para qué la evolución? o mejor aun ¿cuál evolución?

No nos ataquemos tampoco entre nosotros los costarricenses; la problemática que vivimos, ticos y nicas no es sino una situación humana, es decir, de todos y en su solución debemos mostrar las cualidades más excelsas de nuestra especie.

Con Debravo: “Me gustaría tener manos enormea, violentas y salvajes, para arrancar fronteras una a una y dejar de frontera solo el aire".