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“Lucky you” fue la respuesta que recibí al decirle a una extranjera que soy de Costa Rica, hace unos tres días. Cada vez que alguien me pregunta de dónde soy, se me llena el pecho de orgullo y digo “de Costa Rica”. Todas las reacciones cuando digo que soy tica, son positivas, todas, sin excepción. Solo descartando aquellas personas que no saben si hablo de Puerto Rico… pero eso es otro tema. La reputación que tiene nuestro país a nivel internacional es impresionante, se dicen maravillas de nuestra naturaleza, de nuestra gente, de nuestra fauna, de las playas, en fin, se dice porque es cierto. Somos privilegiados.

A pesar de todo lo anterior, el país se nos está yendo de las manos, sin darnos cuenta. Los buenos vivimos encerrados, cada vez con más cámaras, cercas, armas, gas pimienta, entre otros. Y los que hacen daño, andan libres, como Pedro por su casa, haciendo de Costa Rica cada vez más su lugar y cada vez menos, el nuestro.

Las mujeres en toda esta ecuación resultamos seriamente perjudicadas. Solo basta con ver las noticias del último fin de semana en Costa Rica: en menos de veinticuatro horas, dos mujeres asesinadas, por andar “solas”. A María y a Arantxa les debemos una gran disculpa, por haberles fallado como sociedad, por no ser lo que esperaban o lo que les habían dicho que éramos. También le debemos esas disculpas a María Paula, Maritza, Mariana, Rita, Karen Vanessa, Grettel Tatiana, Kimberly, María Isabel, Yarissa Tatiana y Hellen, cuyas voces fueron apagadas en el primer semestre de este año, a manos de sus “parejas sentimentales”, según reportaje de La Nación, publicado el 10 de junio anterior. Se las debemos también a todas esas niñas que han sido educadas para no vestirse de tal manera, a no caminar solas, a no exponerse, a “darse a respetar”, en lugar de enseñar a los hombres a no violar, a entender que las mujeres no somos un objeto de su propiedad.

En mi último viaje por Canadá algo llamó poderosamente mi atención. En el verano se hacen muchos trabajos en la calle, supongo que porque el invierno es tan crudo que simplemente se avanza lo más que se pueda en esta época. A su vez, en el verano las temperaturas son tan altas que literalmente obligan a andar con poca ropa. Para mi sorpresa, la primera vez que vi pasar a una muchacha en un mini short delante de unos trabajadores en la calle, ninguno, ni uno solo, levantó su mirada para verla, mucho menos le dijeron nada. Y es que no tendrían por qué haberle dicho nada, sin embargo, era lo que yo esperaba, porque vengo de un país en el que las mujeres nos exponemos a que cualquiera nos grite cuanta cochinada pueda ocurrírsele, aún y cuando salgamos con cuello de tortuga. Es así de vergonzoso como suena.

Yo ni loca saldría a caminar a la playa a las tres de la mañana. Pero esto es porque yo tuve que tirarme una vez de un taxi, porque el taxista me amenazó, a mí y a dos tías, de “matarnos con su banano”, también porque caminando por la calle tuve que ver a un motociclista detenido, masturbándose en plena vía pública. También porque una vez caminando por San José centro, un tipo se me acercó al oído y me dijo “la chupo toda”. Pero a María y a Arantxa probablemente les dijeron que nuestro país era un oasis de paz, la Suiza centroamericana, y el país del pura vida…

Me parece que lo primero que tendríamos que hacer como sociedad es aceptar que tenemos un problema, dejar de tapar el sol con un dedo y de esta manera tomar acciones concretas para que todos podamos caminar sin miedo por las calles. Es como todo, si no aceptamos que tenemos un problema y grave, las soluciones no llegarán nunca. El señor Ministro de Seguridad afirmó hace unos días que estos hechos sucedidos el fin de semana son “superables”, en el sentido de la afectación que pueda haber a nuestra imagen internacional. Pero esto va más allá de la imagen país y por más superables o no que sean, no pueden minimizarse.

Andrea Aguilar Calderón, tica, escritora en el blog de viajes “Sobre el Caballito” y quien, por cierto, espero que pueda seguir viajando sola todo lo lejos que se lo proponga, lo dijo: “hay algo extremadamente podrido en una sociedad donde una mujer no puede caminar sola por la calle”. Por esas mujeres que hoy ya no tienen voz, lo mínimo que siento que puedo hacer por ellas, es alzar la mía. Despertemos Costa Rica.