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Durante décadas infinidad de científicos sociales y filósofos lo han advertido, durante décadas los grupos que no pertenecemos al conglomerado social del valle central lo hemos padecido, durante años todos y todas hemos colaborado, de alguna u otra manera, en la construcción de un imaginario nacional excluyente, forjado desde una visión parcializada de la historia, reivindicador de mitos y patrones importados, reproductor de discriminaciones en todas sus formas, colores y tamaños.

Desde este imaginario es fácil ver en un otro “pobre” y con “acento distinto” un semillero de violencia. Desde este imaginario es fácil convertir acciones agresivas individuales en generalizaciones totalmente absurdas. La violencia no es exclusiva de una población específica es un fardo que pesa sobre nuestra humanidad. Usar de chivo expiatorio a un grupo “diferenciado” del nuestro también parece ser un rasgo propio de nuestro proceder desde tiempos de los Neandertales.

¿Manifestaciones xenofóbicas en nuestro “valle de paz”? ¡Las han habido! Ubicables en el acontecer nacional más reciente fueron muchas y de distintas magnitudes. Todas detestables. Las que más resonaron giraron en torno a dos sucesos: La muerte de Natividad Canda y el conflicto de Isla Calero. Pero hoy acudimos a un fenómeno social distinto: grupos organizados y autoconvocados toman espacios públicos por la fuerza para violentar y agredir a quienes juzgan como indeseables por su procedencia.

Estos hechos sientan un precedente vergonzoso en una escalada de acontecimientos que presagian tiempos difíciles para la convivencia en nuestro territorio. El antecedente más claro es el período electoral donde el blanco de los discursos de odio fueron las poblaciones LGTBIQ. Esto provocó que no pocas personas sufrieran agresiones de todo tipo. Ahora, nuevamente, los partidos políticos “cristianos” forman parte activa de grupos en redes sociales que atizan posicionamientos neo-fascistas contra la población nicaragüense que vive en nuestro país.

¿Este tipo de acciones son punibles? ¿Es en lo legal donde este tipo de actos encuentran algún límite? Con el actual estado de nuestro orden jurídico la respuesta es incierta. Lo que queda claro es que la expresión abierta de comportamientos discriminatorios por parte de estos grupos neo-fascistas está conectada con la legitimidad social que han adquirido en el poder legislativo los discursos conservadores que defienden modelos unívocos de familia, de sociedad y de país. La dinámica política actual se corresponde con el empoderamiento cada vez mayor de grupos dispuestos a la “acción directa”.

Hay un fuerte ligamen entre la acción discursiva que acentúa como amenaza territorial la llegada de ideologías foráneas (ideología de género) y el visualizar a un “grupo extranjero” como el responsable de buena parte de los males que aquejan al país: crisis fiscal, crisis de empleo, crisis de violencia. Desestabilizar parece ser una nueva forma de hacer oposición para este tipo de grupos políticos neoconservadores y lo foráneo-extranjero-invasivo un elemento provocador que unifica colectivos en torno a la defensa de soberanías fantaseadas.

Los medios de comunicación son un factor nodal para comprender la magnitud de lo que sucede. Repretel, la Prensa Libre y por supuesto, Diario Extra con total impunidad y sin regulación alguna por parte del Colegio de Periodistas, confunden la libertad de expresión con libertad de agresión (como bien reza un comic). Estos difunden noticias con encabezados que asocian, de manera directa, el acto criminal con la nacionalidad del sujeto “sospechoso”.

Este tipo de comunicación encubre el motivo principal del crimen y lo atribuye de manera tácita a la nacionalidad del “implicado”. La descripción del hecho, por más técnica que pueda aparecer, tiene como finalidad última atribuirle al grupo social al que pertenece el sujeto la responsabilidad de su comportamiento. Esta fórmula repetida de manera indefinida propicia prejuicios y estereotipos que desembocan en lamentables acontecimientos como el que hoy me convoca a escribir.

Las redes sociales están siendo usadas como un canal abierto de noticias falsas que buscan crear pánico en las comunidades. El sonado y falso caso de “los filipinos” que estaban robando niños en el país provocó que personas de una familia agredieran a funcionarios de una fundación dedicada al estudio y protección de la población infantil.

Ahora se repite este patrón con múltiples noticias que se propagan principalmente vía WhatsApp, anunciando una oleada “invasiva” de migración nicaragüense, o la contra-explicación del origen de los hechos que afirma que Ortega está liberando presos para enviarlos a Costa Rica a provocar caos.

Parece que la era de la post-verdad nos está llevando a una forma de pre-psicosis de tipo social, no logramos saber cuán virtual es lo real, ni cuán real es lo virtual. “El lenguaje juega enteramente en la ambigüedad” afirma Lacan.

Para arrojar un poco de luz al origen de estos fenómenos el genial Quince Duncan acuñó el término de endofobia, que es el miedo a conocernos a nosotros mismos en la complejidad de nuestro devenir histórico-cultural. Mirarnos en el espejo de nuestra diversidad multiétnica y plurinacional parece una tarea complicada, más si este se encuentra roto y unir sus partes comprende una tarea intelectual, socioeducativa y mediática titánica que aún no parece iniciar.

Miedo a nosotros mismos, miedo a lo que hay de cascarón en eso que llamamos “identidad nacional”, miedo a no ser lo que siempre hemos creído ser, miedo a comprender el trasfondo traumático de nuestro devenir como sociedad. Miedo a lo evidentemente profundo y a lo profundamente evidente: nuestros colores, nuestra piel, nuestros acentos, costumbres, nuestras facciones y nuestras orientaciones.

Cuando afrontemos con valentía estos miedos, cuando nos veamos en el espejo-compendio de la historia y sanemos nuestras heridas podremos decir con vehemencia que somos un pueblo habitado por todos los pueblos, que venimos de todas partes y vamos hacia ninguna, que el camino es destino y que en nuestra sangre palpita una humanidad sin fronteras, una diversidad de gentes que amaron y desearon, que erraron y acertaron, que nos legaron “esto” para convertirlo en algo mejor. Cuando por fin apartemos el humo del espejo ojalá algo quede de este nosotros que al fin y al cabo nada és.