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Me gusta pensar que soy una persona libre e independiente. Sin embargo, veo algo que no deja de sorprenderme: como sociedad hemos ido perdiendo nuestra libertad. ¿Qué nos hizo ceder la responsabilidad y el derecho de hacernos cargo de nuestra propia vida? Me parece qué como muchos otros procesos sociales, fue ocurriendo gradualmente. Quizás algunos sí se dieron cuenta pero lo dejaron pasar; o no le dieron importancia; y otros sucumbieron ante el encanto del asistencialismo.

No pretendo enumerar todas las razones por las cuales nos encontramos en el escenario actual, pero sí deseo despertar la curiosidad en el lector. Y si de casualidad me topo con un amante de la libertad, tal vez quiera, al igual que yo, empezar a recordar esa inquietud y ese amor que estaba en nuestra esencia y simplemente se durmió.

El mal Estado. Pues, sea cual sea la razón, aquí estamos, con un Estado que pretende hacerse cargo de más de lo que debe y aun más de lo que puede,., que ha beneficiado a los grupos de presión sobre la mayoría; un Estado ineficiente, caro de mantener, lleno de nudos gordianos basados en leyes que se inventaron para poder vivir de él. Tenemos más de 300 instituciones, a muchas de las cuales me gusta llamar zombis, porque a pesar de estar muertas, les inventan funciones, les dan proyectos, etc.; todo por mantenerlas vivas, aunque ya su objetivo original no se cumpla.

Pero lo realmente impresionante aquí, es que a pesar de que una cifra cercana al 85% de la población no trabaja en el sector público y de que todos los días es perjudicado por esa maraña burocrática, una y otra vez las elecciones favorecen a los partidos promotores del modelo estatista y asistencialista. Mientras tanto, aproximadamente el 78% de las empresas son PYMES, por lo que cabe preguntarse ¿cómo es que un microempresario vota por estas opciones, si tiene que destinar el 55% de sus utilidades para poder mantenerlas?

Es evidente que en la acera del frente han hecho las cosas muy bien, que el adoctrinamiento en contra de las ideas liberales ha sido persistente. Claro que esto no se limita a nuestro país, pues es la norma en Latinoamérica: basta con hacer un recuento de gobernantes para darse cuenta de que nos ganan “por goleada”.

Una hipótesis al respecto. Así las cosas, he empezado a trabajar en una hipótesis: ¿será que la misma doctrina liberal es la que nos impide hacer tribu, seguir a un líder y luchar por una causa? Porque eso es lo que he visto en todas las agrupaciones de tendencia liberal en el país: no hay manera de que dure la luna de miel y se consoliden como partidos capaces de marcar la diferencia en nuestro espectro político. Alguien me decía que eso es propio de los costarricenses, pero yo lo dudo, puesto que los contrarios si logran organizarse y conseguir representación.

La educación pública –baluarte que se han adjudicado los grupos de izquierda–, fue una idea típicamente liberal: todos debíamos tener igualdad de oportunidades, para ser mejores ciudadanos y así aportar más al país. Entonces ¿cómo fue que llegamos a que el país es el que tiene que aportarme? y, sobre todo ¿cómo revertimos está tendencia?

La sola idea de que una mayoría de los estudiantes universitarios quieran ser empleados públicos, debe alertarnos sobre el serio problema que enfrentamos como sociedad; pues los generadores de riqueza, como es sabido, están en el sector privado, motor sin el cual el Estado no puede existir… no digamos ya ser “solidario”.

Porque la seducción de una idea romántica como la de la solidaridad, pareciera dominarnos; como si en el inconsciente social costarricense existiera el deseo oculto, o la esperanza, de que si fomentamos el actual sistema, al final alguien se va a hacer cargo de nosotros… pero no se piensa quién sostendrá el modelo actual.

¿Será que la responsabilidad nos da miedo? ¿Será que preferimos que alguien nos dicte las reglas y nos haga pagar el precio de hacerse cargo de nuestra vida? ¿Será que se nos olvidó lo maravillosa que es la libertad?

Abrazar la libertad. Podríamos empezar cuestionado nuestras creencias y las de los que tenemos alrededor: ¿es incompatible el liberalismo con la solidaridad? En este momento: ¿estamos viviendo en una sociedad solidaria? ¿Solidaria con quiénes? Porque, honestamente, yo veo que la pobreza no disminuye y la educación no mejora, a pesar de que se gasta cada vez más dinero en ello.

A mí me gustaría vivir en un país donde se premie al esforzado y no al aprovechado; con educación de calidad y trámites simples. Un país donde la solidaridad se aplique para ayudar a las personas a valerse por sí mismas, cuando por circunstancias de la vida así lo requieran. Y, sobre todo, en un país donde el romance autodestructivo con el asistencialismo sea erradicado.

Por eso, creo que estamos en un punto de no retorno como sociedad, y que tenemos un arduo camino por delante. Cómo minoría, los liberales tenemos entonces que encontrar la forma de unirnos, reconocer nuestra presencia, difundir nuestras ideas, derribar tabúes y hacer evidentes las creencias equivocadas. Para eso tenemos que cambiar la forma de comunicarnos y ceder en algunas cosas, si de verdad queremos volver a establecer la libertad como eje del funcionamiento de nuestro país.

Porque hasta hoy, los que nos creemos libres vivimos una ilusión, pues estamos inmersos en un sistema inundado de corrupción e impunidad. Eso hace que nos invada la desesperanza y que perdamos la ilusión. Por eso mismo, la política debe importarnos, porque nos afecta en todos los ámbitos de nuestra vida. Abracemos pues la libertad que está en nuestro ADN; sólo está dormida y necesita que todos los que la tenemos viva, la despertemos en los demás.