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Es el alma del pueblo, es un latido que viene de más allá del corazón. Me quedé soñando con una persona ministra de cultura que entendiera eso; alguien con el talante del ministro de educación, que estaba el 9 de mayo en Chacarita, ahí donde sin duda duele el alma.

Son la educación y la cultura, entrelazadas como en la experiencia artística, la respuesta a esa transnacional furibunda y pesetera disfrazada de diosito redentor que casi secuestra el poder de la república.

Recuerdo la emoción que sentí en una conferencia de cultura en que la actual primera dama habló de esta emoción estética de la vida, que es en el fondo un asunto espiritual. Pensé que el candidato (escritor) y ella (arquitecta) lo entendían: que responder a esa chifladura que teníamos enfrente era un asunto cultural.

Pero llegó el nuevo Gobierno y todos los sectores merecieron el prometido cambio menos cultura, donde tanta gente había batallado. Ministrar la cultura siguió siendo lo que ya teníamos. Ministrar: administrar dineros y puestos; y cultura: un concepto constreñido, equiparado con artes oficiales, artes bellas complacientes.

Es como que en este país donde medio millón de personas votó en la primera ronda por que tomara las riendas un elegido de Dios cantando en jerigonza, el ministerio de cultura trajera –por ejemplo- a la cantante Ana Torroja. Sería muestra de total incomprensión del momento en que vivimos. Salvo que trajeran a la Torroja por su savoir faire en evadir al fisco, y entonces no he dicho nada.

Ahora bien, lo que sí debemos entender es que esa nueva opción rompedora, lúcida y lúdica, que ocuparía el ministerio del alma, no tenía por qué salir del propio candidato, ni siquiera del propio partido. Debemos pensar la persona, debemos proponerla y debemos luchar por ponerla al frente. Porque eso es la política: el asalto al poder por las buenas.