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Restauración Nacional se ha presentado a los costarricenses como la opción política capaz de representar los valores y la ética cristiana en la gestión de las instituciones públicas. Más allá de si cabe o no mezclar esos dos ámbitos –el de la fe y el de la política–, habría que preguntar hasta qué punto es legítimo para un cristiano relacionar a Restauración Nacional con esos valores y esa ética. He aquí seis razones que permiten sopesar esa falsa relación:

Para los cristianos Dios es amor, para Fabricio no. El amor cristiano se encuentra relacionado con la vocación por el prójimo, con la solidaridad y con la justicia. Fabricio Alvarado, en cambio, ha dividido al país, sacado réditos de esa división y predicado abiertamente la discriminación y el odio. Por supuesto, sus asesores ya le han recomendado que atempere sus comentarios, pero, cada vez que lo intenta, queda peor, porque revela sus verdaderas intenciones. “Restaurar” a los homosexuales, por ejemplo, supone que hay algo mal en ellos y que solo se puede amar al prójimo solo cuando este está dispuesto a renunciar a lo que lo diferencia. Fabricio quiere amar al prójimo, pero a condición de que ese prójimo sea como él (es decir, a condición de que deje de ser prójimo y se convierta en un igual).

Para los cristianos hay que dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, pero Fabricio quiere lo del César y también lo que es de Dios. Alguien podría alegar que es perfectamente posible que un auténtico creyente vea en lo público una plataforma para servir al prójimo y mejorar las condiciones de vida para todos, pero ese no es el caso de Fabricio Alvarado. Si Restauración Nacional verdaderamente aspirara a gobernar en pro de mejorar el país, habría propuesto candidatos idóneos para tales efectos, pero ese no fue el caso. El mensaje que Restauración Nacional envía a la ciudadanía postulando candidatos a cargos para los cuales no se encuentran preparados en ningún nivel hace sospechar que, en realidad, sus líderes andan tras esos cargos no en calidad de cristianos, sino en calidad de humanos comunes y silvestres ávidos de poder.

Para los cristianos solo el que está libre de pecado puede tirar la primera piedra, para Fabricio tirar piedras es cosa de todos los días. En sus distintas prédicas, pero también en sus diferentes intervenciones en medios de comunicación, Fabricio Alvarado ha pronunciado palabras ofensivas contra homosexuales, mujeres, no creyentes y costarricenses de otras religiones. El evangelio cristiano está lleno de historias en la que Jesús hace gala de una ética de la generosidad, la hospitalidad y la empatía hacia los demás. Cuando los fariseos y los maestros de la ley se aprestaban a apedrear a una prostituta e incitaban a Jesús a tomar parte en el ataque, su reacción fue de denuncia ante la falsa superioridad moral de aquellos. Solo pregúntese: si Jesús viviera hoy, ¿se lo imagina tirando piedras a diestra y siniestra como lo hace Fabricio?

Para los cristianos el pueblo de Dios es uno solo, para Fabricio el pueblo de Dios son unos pocos. Cuando Pablo escribía a los corintios que se pusieran de acuerdo y no se dividieran, invocaba un principio fundamental para todo cristiano: la paz y los acuerdos debe reinar por sobre la división y los odios. Fabricio, en cambio, se ha dedicado a generar divisiones internas y a herir a minorías. Inclusive ha manifestado claramente su intención de sacar a Costa Rica de importantes organismos internacionales como la Corte Interamericana de Derechos Humanos (aun cuando luego haya debido de matizar su posición debido a los señalamientos de la prensa y de diferentes sectores políticos). Su argumento de que la Corte amenaza la soberanía no parece tampoco muy acorde con los consejos de Pablo: enemistarse con aquellos que piensan distintos es un acto de intolerancia, no de fe.

Para los cristianos hay que predicar con el ejemplo, pero Fabricio ha predicado de la boca para afuera. A menudo Fabricio se postula como el candidato “de las manos limpias”. ¿Pero por qué un cristiano “con las manos limpias” temería debatir de frente a la ciudadanía? A la fecha de hoy, Fabricio ha cancelado invitaciones a debatir en espacios organizados por El Estado de la Nación, el Instituto Tecnológico, la Comisión Nacional de Rectores y la Universidad Nacional. ¡Un cristiano con las manos limpias no tendría por qué temer el debate con nadie! Al contrario: si se predica transparencia, pues que se practique transparencia.

Para los cristianos el libre albedrío es un don, para algunos de los seguidores de Fabricio una amenaza para su candidato. Varias amigas cristianas me han contado historias casi calcadas del modo en que han recibido presión en sus congregaciones para que den el voto a Fabricio. Las presiones van desde careos, hasta coerciones informales, pasando por ruegos y hasta bullyng. Un cristiano con todas las de ley jamás estigmatizaría a un compañero de fe por ejercer su libre albedrío. Al contrario: cuanto más libre albedrío, más cercanía con Dios; cuanta más coerción y manipulación, mayor lejanía.

Fabricio, en suma, no representa a los cristianos. Se representa a sí mismo y a un sector de gente que, lejos de vivir los valores y la ética cristiana, se basan en la religión para discriminar a otros y acumular dinero y poder. Y ya sabemos lo que hizo Jesús cuando encontró a los mercaderes comerciando en el templo…