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Es un hecho la importancia que tuvo la opinión consultiva de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en los resultados de las elecciones del pasado 4 de febrero. Lo que está por dilucidar es si lo sucedido fue una simple casualidad (ninguna relación con las elecciones) o si hubo realmente causalidad (se envió justamente para afectar los resultados).

He aquí un tema interesante para futuras investigaciones, independientemente de lo que ocurra el 1° de abril, fecha del próximo torneo electoral. Si lo primero, asunto cerrado y en camino de resolverse; si lo segundo, se abren un montón de interrogantes y posibilidades para los investigadores sociales...

Lo que sí se puede analizar son los efectos colaterales de dicho manifiesto sobre la sociedad costarricense del momento. Y hay al menos dos en los que debe recaer la atención del ciudadano políticamente motivado: el primero es que, por fin, después de siglos de invisibilidad, el colectivo LGBTI ha salido a flote públicamente en Costa Rica como un sector más del conglomerado social; el segundo, que al mismo tiempo, tal manifestación pública ha puesto en evidencia toda la hipocresía y la homofobia de una sociedad que se vanagloriaba de abierta, democrática e igualitaria.

Veamos lo del primer efecto de la opinión consultiva: desde tiempos de la Colonia, las llamadas buenas costumbres y la moral católica reinantes disponían que en este país, ni había homosexuales (hombres o mujeres), ni había nada de lo que la investigación científica hoy día cataloga como bisexuales, transexuales, intersexuales, etc., es decir, lo que ahora se resume en un conglomerado de siglas crecientes: LGBTI.

Dichosamente, la investigación científica y las exigencias y libertades que hoy caracterizan a las sociedades occidentales han dado un vuelco favorable al reconocer la diversidad propia de todo conglomerado humano, que es como decir que tanto las sociedades como los individuos que las conforman se humanizan cada vez más.

Fuera prejuicios, fuera tabúes: la naturaleza humana es más rica e interesante en su variedad de lo que imaginaban nuestros abuelos. Todo esto no pasaría de ser una simple constatación de realidades, de no ser por todo el sufrimiento, por toda la humillación, por todo el ninguneo para incontables generaciones de costarricenses sin ese elemental derecho de expresión que les fue negado por siglos. Y, de paso, ya podríamos ir pensando en todo el talento, toda la creatividad, toda la riqueza cultural que ha perdido la sociedad costarricense por su actitud mojigata e intolerante ante este colectivo, siempre presente en todo lugar y tiempo de nuestro pasado como seres humanos. En el caso costarricense, lo peor es que, a pesar de toda esa persecución, rara es la familia en donde no florece ese “amor que no se atreve a decir su nombre”, pero que está y estará siempre ahí pase lo que pase; y más, mucho más ahora, porque la mencionada opinión tarde o temprano acabará obligando al Estado costarricense a legislar y reconocer derechos plenos, so pena de quedar relegado en los últimos lugares en que están tantos países por tratar de atenuar la marcha irrefrenable de los derechos humanos.

El segundo efecto mencionado en el segundo párrafo no deja de ser aterrador. Resulta que, si como suponen muchos, la opinión consultiva fue determinante para que el partido neopentecostalista quedara como el primer finalista para la segunda ronda, la sociedad costarricense, como un todo, queda al desnudo. ¡Cuánta mezquindad, cuánto egoísmo, cuán poco de ese tan pregonado “amor al prójimo” en una sociedad que proclama a todo pulmón sus altos valores democráticos!

Los votos que encumbraron al predicador “cristiano” no provinieron únicamente de su rebaño, todavía relativamente pequeño y ya habituado a seguir órdenes de arriba: resulta que una gran parte de esos votos provino de gente común y corriente, afecta a otros partidos políticos y nominalmente católicos; escandalizados, en su mayoría, ante la posibilidad de que un grupo humano que siempre se ha tenido bajo control pueda disfrutar de derechos que hasta ahora han sido privilegio de una mayoría heterosexual que se siente “normal” gracias a circunstancias genéticas y hormonales absolutamente fortuitas. ¡Cuánta miseria moral! A lo que conduce la OC es a hacer realidad declaraciones jurídicas sobre la igualdad ante la ley, declaraciones que están tanto en nuestra misma Constitución Política como en numerosas convenciones y tratados sobre derechos humanos. ¡Qué poca caridad en estos creyentes! No se trata de quitar a nadie derechos que de por sí son inalienables: de lo que se trata es de extenderlos a otros. Tampoco de concederlos graciosamente por parte del Estado: este solo existe porque así lo quieren todos los ciudadanos; y no da, no otorga, ni regala derechos: a lo que está obligado es a reconocerlos completos (matrimonio igualitario, por ejemplo), sin regateos y sin dar limosnas o migajas como algunos querrían (unión civil, con simples derechos patrimoniales).

Para terminar: nadie lo ha mencionado antes, pero la integración abierta y completa de este colectivo LGBTI en el seno de la sociedad costarricense es también un beneficio para ella misma. Se trata de un colectivo muy diverso por su creatividad, presente en todos los estratos sociales y, en muchos casos, con una gran formación humana y académica. Al emerger como se debe, es seguro que se borrarán muchos estereotipos porque se trata también de ciudadanos muy diferentes del estereotipo vigente en el imaginario colectivo: personas de carne y hueso, indistinguibles de otros ciudadanos y, en muchos más casos de lo esperado, también nuestros hermanos, primos o sobrinos; o nuestros compañeros de trabajo, amigos o simples conocidos, todos ellos o ellas ahora libres de manifestarse como seres humanos y ciudadanos completos (no lo eran antes aunque pagaban sus impuestos, llevaban una vida ordenada, respetaban las leyes, votaban, etc.). Y el mismo hecho de no traer hijos al mundo es otro aporte -hasta podríamos decir, ecológico- ante un mundo superpoblado que está clamando a gritos medidas que eviten el colapso que ya se anuncia con pasos de animal grande en todo el planeta.