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Hoy se acercó mi compañera, pero esta vez, no traía consigo su alegría característica, en su rostro había un gesto de preocupación sincero, fijó la mirada y me dijo categóricamente:

“En mis veinte años, nunca había visto que humillaran públicamente a una persona por ser gay. Venía para la universidad, pasando por la Catedral, conmigo iba también un muchacho, de pantalones ajustados, cejas refinadas y con algo de maquillaje, cuando de repente él se tropezó con un par de señores, estos le gritaron, ¿no podés fijarte por dónde caminás, o es que sólo andás pensando en pinchas?, lo insultaron por su aspecto y usaron otras palabras obscenas para ridiculizarlo, porque ellos automáticamente emitieron su juicio: él era gay.”

Entonces, pude entender aquella expresión de angustia en la cara de mi compañera, y decidimos que debíamos manifestarnos contra estos actos inaceptables.

La polarización en el discurso político, ha exacerbado los ánimos, ha empoderado a grupos de personas para que se manifiesten violentamente contra uno u otro bando, cada vez son más los casos como este de ayer.

Ambas nos preguntamos ¿por qué tenemos que escoger entre un partido que estimula sucesos homofóbicos y otro partido, que debido a su inoperancia frente al déficit fiscal (entre otros) amenaza con enviarnos a una crisis económica?, según nos lo advierten muchos economistas.

Aclaro, tampoco estamos asegurando, que la primera opción, prometa llevarnos a buen puerto en materia fiscal y económica. 

Ambos panoramas, son desesperanzadores. Ella y yo, coincidimos en una sensación de alarma, ya que notamos que los partidos llamados a generar acuerdos han pecado de egocentristas, y nos abandonan en este limbo social.

¿No es más fácil entonces, que el PAC  nivele su arrogancia, modifique su agenda tributaria y adecue su gabinete, a que el PRN  desarrolle en tiempo récord un plan de gobierno, instruya a sus diputados, defina su ideología, adoctrine a su gabinete (lo encuentre) y termine de desempacar las cosas de su recién estrenada casa de campaña.

En lo personal, conozco a Fabricio, creo que es una persona talentosa, comparto muchas cosas con él, sin embargo jamás, repito, ¡jamás! podría desvirtuar los pesos y contrapesos necesarios en todo Estado de Derecho, jamás podría subestimar la importancia de los DDHH para un país desmilitarizado como el nuestro, de cualquier manera, los jóvenes no queremos una sociedad intolerante.

La única manera que apoyaríamos a Fabricio, es que él y todo su equipo se retracte pública y definitivamente, de seguir promoviendo un discurso homofóbico, que arranque de raíz el mensaje de odio implícito, aunque sería tan laborioso como erradicar los daños de un derrame de petróleo, pero esto es lo justo y obligatorio.

Sí quitamos ese “lunar”, a pesar de la premura, me permitiría darle el beneficio de la duda, sin embargo, ese “lunar” no es cualquier lunar, este lunar es cancerígeno, en apariencia pequeño, pero mortal y puede hacernos pasar momentos muy desagradables como sociedad.

El ambiente es hostil, nadie quiere bajar la cabeza, percibimos que ninguno está pensando en el país.

Sí de lo que se trata es, de minimizar las brechas sociales,  generar y aplicar política pública en busca de competitividad, obtener más y mejor educación, más seguridad, más calidad de vida ¿por qué los jóvenes hoy tenemos que decidir entre la inoperancia y el odio?, ¿será más una elección entre egos?, ¿quién de los dos estará dispuesto a ceder de corazón, por el bien de Costa Rica?

Necesitamos una propuesta coherente y dignificante.

Al día de hoy, muchos seguimos sin opción porque los derechos humanos no se negocian y el hambre tampoco.

La autora escribió el presente artículo en colaboración con Karen Whitaker, estudiante de Comercio Internacional de Lead University.