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La ciencia psicológica, dada su naturaleza y sus propósitos, se acerca tanto a las mejores expresiones de la humanidad como a las menos deseadas. En su labor, la psicología tiene acceso y trata de dar respuesta a las más altas expresiones de la capacidad humana, tanto en aquellas que brindan beneficio a la colectividad como otras que más bien deparan daño y perjuicio. Es decir, acudimos a observar la amplia gama de expresiones de los individuos o de los colectivos y a tratar de explicarlos.

Por eso y de manera más puntual, entre otras, se está cerca de la temática de la violencia y sus diversas implicaciones para las personas y para los grupos. La psicología procura no solo entender los procesos violentos, su génesis y determinantes, sino también ofrecer herramientas que coadyuven a enfrentarla y erradicarla.

En nuestro país, desde hace varias décadas, estamos viviendo una escalada de esa violencia en diversas formas. Muchas de ellas son más explícitas, mientras que otras no son tan fáciles de reconocer, o bien, no se las identifica como tales.

Entre las primeras, solo para citar algunos pocos ejemplos, están los homicidios, los femicidios, la forma de conducir, la violencia intrafamiliar, el acoso, la desigualdad y la pobreza. Recientemente, el país fue sacudido por la muerte de un colegial que puso sobre el tapete la violencia en el ámbito educativo (escuelas y colegios).

De estas son las que los medios masivos de comunicación dan más cuenta, no siempre de la mejor manera. Basta con repasar la forma como, sobre todo la televisión, se solaza en difundir escenas cada vez más explícitas de asaltos, agresiones, asesinatos, etc. Sin reparar en el tipo de enseñanza que está ofreciendo al “gran público”, mediante modelos que aparecen en la televisión, cual estrellas de la pantalla chica.

Junto con lo anterior, también nos causa preocupación todas aquellas formas de violencia más ocultas, más maquilladas, más solapadas, y que se han naturalizado como parte del ser costarricense: la chota, la pasivo agresividad, el sarcasmo, el irrespeto, etc. Estas expresiones de violencia, en algún sentido, han contribuido con que manejemos el mito del país tranquilo y feliz; pero, con el riesgo de que, dadas ciertas condiciones, logren salir en forma más franca y directa.

Eso es lo que está ocurriendo en este momento. La presente campaña electoral no ha provocado tal situación, pero sí ha puesto en juego y develado lo que estaba ahí larvado a la sombra: el irrespeto, el autoritarismo, la falta de empatía, la agresión directa, simple y llanamente por ser como son o porque piensan de cierta manera.

Pero, no nos llamemos a engaño: el neoconservadurismo que estamos viendo en forma más clara no es solo en ciertos ámbitos más privados de las personas, como lo son sus identidades, sus expresiones de género, vida sexual u orientación sexual. Esto debemos apreciarlo en un contexto más amplio en lo político y en lo económico, el que da cuenta del grave riesgo que acecha a la frágil estabilidad social del país. Nunca como ahora, vemos que la división entre lo público y lo privado es tenue y que lo personal es político.

Desde la psicología, es nuestro deber y compromiso ético el colaborar con la solución de los graves desafíos y problemas de nuestro conglomerado social. Es ayudar a entender las raíces del problema, hacer explícito lo oculto y proponer lo que corresponda, en diferentes ámbitos, instituciones y niveles.

En ese contexto y en la coyuntura actual, es nuestro deber alertar acerca de lo que ocurre y de lo que podría ocurrir. Independientemente del resultado electoral, el clima social y los vínculos básicos entre las personas se pueden crispar aún más con consecuencias, de alguna forma previsibles, y sobre eso hay que actuar decididamente.