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El día después de las elecciones presidenciales fui a dormir y me desperté de la misma manera; entre triste y preocupado, quizás una combinación de las dos. Aun cuando desde hace días vi venir el resultado de la elección la verdad es que cuando la realidad llega, pega más fuerte. Me puso triste el hecho que en nuestro país haya tanto odio, desprecio (o como le quieran llamar) hacia una minoría.

Entiendo que en las elecciones se debe votar por otras cosas, por la economía del país, por la seguridad, por el progreso y una lista de nunca acabar donde los derechos de la comunidad LGBT son el menor de los problemas que enfrenta la nación. Y se dice muy fácil, es el menor de los problemas cuando estamos ante una crisis fiscal, porque hoy más que nunca hay balaceras, ajusticiamientos y en general crímenes muy violentos.

Es el menor de los problemas. Pero ¿de verdad lo es? Cómo podemos decirle a una de las personas afectadas o que podrían ser afectadas que es un problema menor, que hay cosas más importantes a su derecho de amar con libertad.

Aclaro aquí, algo que no debería hacer falta, yo no soy homosexual. No lo soy, pero tengo empatía con las minorías y creo que todos podemos hacer el mundo mejor.

Volvamos al menor de los problemas, le he dado muchas vueltas al asunto, ¿preferimos vivir en un país con muchísimas cosas que no tenemos hoy, pero sacrificando los derechos humanos? No sé la respuesta, pero ¿qué tan felices podríamos (o deberíamos) ser si una minoría es discriminada?

Es fácil decir que el problema es menor cuando no nos afecta directamente, pero los derechos humanos nos deberían preocupar a todos. Imaginemos, partiendo del hecho de que hablamos de derechos humanos, si en lugar de querer quitársele derechos a los homosexuales, se le quisiera quitar a las mujeres el derecho al voto, o a las personas de raza negra su libertad, o sacar a los aborígenes de las tierras en las que viven. ¿Sería ese también el menor de los problemas? Derechos humanos son todos, y debemos defenderlos a todos por igual, no solo cuando me afectan directamente o cuando afectan a un conjunto que me importa más.

Quiero dirigir este párrafo a las personas que tienen miedo; miedo de que el país se va a ir al diablo por el hecho de permitir amar a la persona que cualquiera quiera amar. La familia tradicional, esa que tanto se quiere defender, sigue aquí y seguirá por siempre; pero la familia tradicional no es para todos. Y todos necesitamos nuestros derechos, nuestra inclusión en la sociedad. No hay nada de que temer, de verdad les digo, dejemos que se ame con libertad y respeto, seamos tolerantes, ese Dios en el que creemos nos ama a todos por igual, no es un Dios que discrimina u odia.

Entiendo, pero no comprendo, de conflictos y heridas entre partidos políticos. Entiendo que mucho se ha hecho mal por todas las partes, hay heridas que tardan en sanar. Pero me parece sensato (y hasta lógico) que lo humano vaya por delante de lo político y de lo económico. Me parece que, entre discriminar a una población y cualquier otra opción, lo correcto es no discriminar, siempre, en cualquier contexto.

Parafraseando el famoso poema de Martin Niemöller:

“Primero vinieron por los gays y yo no dije nada,
porque yo no era gay.
Después vinieron por los ‘otros’ y yo no dije nada,
porque yo no era ‘otro’.
Entonces vinieron por mí,
y para entonces ya no quedaba nadie que hablara por mí.”

Este primero de abril voy con miedo, pero también con esperanza. Tarde o temprano (sí es temprano mejor) vamos a llegar como sociedad a un lugar donde nadie será discriminado, donde todos nos sintamos orgullosos. El amor siempre gana.