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Allá por 2011, Roberto Marín publicaba una de sus tantas investigaciones sobre Medio Oriente y el islam, la cual se tituló: El fundamentalismo islámico en el Medio Oriente contemporáneo. En ella dio sendas explicaciones de como el ascenso de regímenes fundamentalistas fueron socavando la estabilidad relativa de Medio Oriente conforme su discurso se radicalizó, legando un oscuro y violento futuro para una de las regiones más variopintas de la Tierra.

Sin embargo, tal y como se ha señalado ampliamente en los últimos meses, ahora parece que le ha llegado el turno a América Latina de experimentar los efectos de enérgicos discursos de división, discriminación e irrespeto a los derechos humanos, proclamados y vociferados por quienes, con la Biblia como fundamento, quieren establecer un modelo de sociedad amparado en la Palabra, y las verdades que de esta desean construir.

En la escala regional ya en Centroamérica se han estado documentando desde los medios y las redes sociales el impacto de esta tendencia a la radicalización religiosa en cada país. Más recientemente los costarricenses nos hemos unido a esta funesta dinámica debido al escenario que se nos plantea como sociedad para esta segunda ronda electoral, en donde ambos Alvarado se desmarcan recíprocamente uno del otro en torno al paradigma electoral que constituyeron temas como el matrimonio igualitario, los derechos humanos en su comprensión extendida e inclusiva, y el aborto, dejándose en segundo plano discusiones de corte económico, infraestructural, social, entre tantas e indispensables otras.

El fenómeno surgido del vertiginoso ascenso de Restauración Nacional y su candidato en las encuestas previas al 4 de febrero; y los resultados de la primera ronda electoral, aún no termina de ser comprendido, y mucho menos deja de asombrar tanto dentro, como allende nuestras fronteras. Ante un escenario así, y con el PAC a la zaga del PRN, los esfuerzos de la Coalición por articular un movimiento cohesionado y capaz de comprometer a jóvenes y no tan jóvenes a votar por el partido oficialista y por el futuro del país, aún no termina de cuajar esfuerzos contundentes a nivel provincial o nacional para atraer un mayor caudal de votos hacia el PAC, o al menos las encuestas recientes no lo han recogido en sus resultados.

Mucho se subestimaron las proclives intenciones de poder en el cristianismo neo-pentecostal en las décadas anteriores, hasta que esta realidad reventó, cual burbuja, en la frente de todos nosotros. Tanto desde la acera de los partidos cristianos y sus seguidores, como desde las posiciones más progresistas de la sociedad costarricense, este resultado era poco probable de imaginar. Sin embargo, la seriedad de este hace necesario que se comprendan las posibles implicaciones de que un partido que llama de forma intencional a quienes adversan u objetan su discurso como nazi-fascistas, pueda gobernar el país con condiciones favorables en el Legislativo y en el Ejecutivo. Dos de los tres poderes del Estado tendrían un fuerte componente religioso en sus despachos, y el Ejecutivo es muy probable según lo revela “Hagámoslo juntos” (Plan de Gobierno 1.0 publicado por Restauración Nacional) haría primar los valores y principios cristianos para seleccionar las cerca de 200 plazas de ministros, presidentes ejecutivos, miembros de juntas directivas, etc.

A todo este convulso mar de futuros posibles, se han estado sumando variables insospechadas de una sociedad como la costarricense, como el aumento en el número de agresiones contra personas sexualmente diversas, una enorme marejada de discursos de odio, la polarización cada día más férrea de la opinión pública en torno a temáticas sobre Derechos Humanos, y de forma paralela se ha dado también la aparición de un discurso anti-intelectualista, que socava de forma significativa la posibilidad de mediar los conflictos o encontrar puntos de dialogo para recuperar una discusión política enfocada en las problemáticas político-económicas que aquejan al país en la actualidad.

Sin más, todos elementos dan cuenta sobre una ya palpable consolidación de un discurso fundamentalista en Costa Rica. Así como ocurrió en Medio Oriente con el Islam décadas atrás, ahora el Cristianismo en una variante sectaria reducida -pues no es siquiera la mayoría del cristianismo protestante o el católico- ha llegado a las puertas del poder, y lo ha hecho a través de un discurso que pregona el engrandecimiento, la mejoría y la lucha por un modelo de país con principios y moral cristiana, de carácter excluyente, en donde las minorías que no permiten esa grandeza, no tienen una representación, en donde sus derechos quedan fuera de toda discusión, en donde se amenaza al país con retirarse de organismos internacionales que resguardan las convenciones de derechos humanos, y en el cual finalmente como lo dijo el candidato a vicepresidente de Restauración Nacional, debe primar un paradigma moral heterosexual.

Si a usted que está leyendo esto, no le recuerdan estas palabras finales a las decembrinas maratónicas de National Geographic sobre el ascenso del nacionalsocialismo, el fascismo o cualquier régimen autoritario, tan solo medite que de la misma forma con la que hoy algunos dicen defender la familia de la amenaza gay, siglos atrás se llamó a defender los Santos Lugares de los musulmanes a quienes se consideró como el enemigo de la fe; a conquistar el Nuevo Mundo lleno de pueblos indígenas que perdieron mucho a cambio de la fe; y más recientemente a perseguir judíos y otras minorías, pues amenazaban la grandeza y la pureza racial. Ejemplos de discriminación en la vasta historia de la humanidad abundan por cada siglo que se cuenta, no abramos el portillo para que en pleno siglo XXI, Costa Rica se juegue el chance de volver al pasado, pues no hay máquina del tiempo que nos traiga de vuelta después.