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Yo crecí en un pueblo donde Dios es más real que el Estado, al menos el primero manda a un representante a dar misa una vez por mes, el segundo enviaba promesas vacías cada cuatro años para ordeñar votos, pero ya ni eso.

Yo crecí en un pueblo de personas agricultoras, donde los gobiernos se suceden uno tras otro sin dejar huella alguna. Un pueblo donde la ley de aguas no le da de comer a nadie, donde las marchas por el FEES no mejoran la condición de ninguna familia, ni le permite a nadie ir a estudiar. Nací en un pueblo donde las personas no pueden darse el lujo de ir a marchar contra la minería a cielo abierto, porque un día de trabajo significa un día de comida. Un pueblo en el que a nadie le interesa el matrimonio igualitario, en el que la diversidad sexual es antinatural porque esa es la educación que han recibido, una educación de escuelas unidocentes, donde recién llegó una telesecundaria que se instaló en un ranchito en el pueblo de la par.

Es un pueblo de personas dignas, y si no les interesa el matrimonio igualitario no es por odio, sino porque son personas tan olvidadas que no pueden darse el lujo de gastar dinero comprando libros de Simone de Beauvoir, Judith Butler o Beatriz Preciado. Son personas que van a misa y escuchan los discursos conservadores del sacerdote porque este les ayuda a vender sus frijoles en otras parroquias. Personas que reciben dinero una o dos veces por año y han aprendido administración por su cuenta, o que trabajan por un jornal diario sin seguro de salud ni pensión.

Y claro, hay personas mezquinas, malintencionadas, molestas, como en todas partes. Pero hoy se habla de las zonas costeras como si fueran una manada de estúpidos que votaron por un pastor evangélico que no tiene equipo de gobierno. Pero,  ¿acaso no le atribuyen a Einstein haber dicho que «Estúpido es esperar resultados diferentes haciendo siempre lo mismo»? ¿Acaso no tiene más sentido, desde el contexto de un pueblito como ese, votar por un representante de dios en la tierra? A fin de cuentas, el sacerdote del lugar hace más por el pueblo, repartiendo sus productos, que el gobierno.

"Pero es que el plan de gobierno de PAC es más sólido…"

Me da pena estimables compañeras y compañeros que vivimos en esta posición de privilegio (porque yo abandoné mi pueblito y ahora soy un burgués cuya mayor preocupación del día es que se acabaron las lechugas orgánicas en el Automercado). Me da pena decirles que allá, donde la gente se gana la comida con el sudor de la frente, la espalda, las piernas y el pecho, con las llagas de las manos y las quemaduras del sol, allá un plan de gobierno no le da de comer a nadie.

En ese pueblito en el que yo solía vivir la democracia es una cosa lejana, algo en lo que un montón de gente privilegiada se reúne para tomar decisiones que al pueblito nunca ayudarán de ninguna manera. En ese pueblito la democracia es una cuestión de minorías, una esperanza moribunda en la que se cree porque es el último rincón donde se puede buscar algo.

Desde ese pueblito mi mamá me dijo que no tenía ganas de ir a votar, que si yo consideraba que alguien valía la pena como para darle el voto. Y yo tuve el impulso de decirle que fuera, que votara por el menos malo… pero no me dio el cinismo, porque yo sé que para el pueblito nada va a cambiar, porque en este caso #ConvencéAUno significa mentirle de manera descarada y darle falsas ilusiones.

Yo entiendo a quienes allí viven, esas personas para las cuales en la democracia no hay opciones. Lo que no entiendo es que usted y yo, desde nuestras posiciones de privilegio, pensemos que es más importante burlarse de una fulanita que habla en lenguas o de un grupo de diputadas y diputados que llegan de manera sorpresiva al congreso, que escuchar la poca voz que esas personas tienen, la poca voz que mandó a segunda ronda a alguien en quien quizá vean alguito de esperanza.

Yo abandoné mi pueblito, soy una excepción, nací con habilidades que la sociedad premia, soy un accidente de la naturaleza, y estoy agradecido por ello. Pero no soy especial, mi posgrado universitario no me hace saber más de agricultura que el más torpe de los habitantes del pueblito. Y si yo hubiera nacido con otras habilidades, o si usted compañera o compañero progresista que levanta la bandera de la diversidad sexual hubiera nacido en ese pueblito, quizá, en su desesperación, en su hastío, en su abandono, quizá también habría votado por el partido del que ahora hace mofa.

No quiero, por supuesto, defender los discursos de odio, esos siempre son indignantes, inaceptables e intolerables. Pero discursos de odio hay en todas partes, así como gente digna hay en todas partes, lo que no es digno es juzgar desde nuestras posiciones de privilegio a personas que la tienen mucho más difícil que usted y yo, a personas que de haber nacido en un contexto con otras oportunidades podrían ser usted o yo, estimada compañera y estimado compañero progresista.

Al final solo me pregunto ¿por qué la primera reacción es menospreciar a quienes votaron por el pastor evangélico? Y no preguntarse ¿qué está mal en nuestra democracia? ¿Qué estará sufriendo una parte de la población para haber llegado a esa decisión? ¿Cómo podemos ayudar más allá de ganar unas elecciones?. Si a usted le interesa más desacreditar a esas personas subalternizadas que colaborar con una mejor sociedad, si usted prefiere montarse en la onda y twittear un video de una fulana hablando en lenguas que hacer una autocrítica y empezar una auto constitución como una persona que construye, no es muy diferente de quien, con un discurso de odio, menosprecia a la diversidad.