Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio. Delfino.CR es un medio independiente, abierto a la opinión de sus lectores. Si desea publicar en Teclado Abierto, consulte nuestra guía para averiguar cómo hacerlo.

Durante el año 2017 llevé a cabo una investigación sobre la implementación de los programas de afectividad y sexualidad del MEP. Por esto, puedo hablar por experiencia personal, no solo porque he leído, codificado, y analizado extensamente los programas, sino porque durante cuatro meses asistí a esas clases todos los días en dos colegios en la zona sur del país.

Ahora, ¿por qué lo que yo escriba le podría interesar cuando hay tanta información circulando? Permítame presentarme: desde mi graduación de medicina de la Universidad de Costa Rica he sido apasionada de los derechos sexuales y reproductivos, lo cual me motivó a continuar mis estudios y obtener maestrías en salud pública en la Universidad de Londres y luego en antropología médica en la Universidad Estatal de Georgia, soy feminista y fiel creyente en políticas basadas en evidencia.

No voy a defender el contenido del programa debido a que considero que tiene sus debilidades, sin embargo, no son las que se han señalado por personas que se oponen a las guías. En mi criterio, el problema en términos del contenido es que se encuentra desfasado, es culturalmente rígido, y debería implementarse a una edad más temprana para ciertos ejes temáticos. Existen otros elementos importantes aparte del contenido de las guías, que han sido menos discutidos: la valoración de los profesores que implementan dichos programas. El MEP capacitó en el 2011 a los profesores de ciencias para iniciar la implementación de programas en el 2012 (nótese – hace 6 años existen estos programas), pero ¿puede una capacitación de dos semanas preparar profesores de ciencias en temas tan complejos como lo es la afectividad y sexualidad?

Muchos profesores no manejan los temas bien o no se sienten cómodos hablando de sexualidad con los estudiantes. En ese caso, ¿por qué permitimos a los estudiantes la opción de retirarse de asistir a estos cursos, y no ofrecemos la misma libertad a los profesores que no se sienten en capacidad ya sea por entrenamiento o preferencias individuales? Gran parte del fallo de los programas es el divorcio entre lo escrito y lo que pasa en el aula. La guía escrita puede estar perfectamente elaborada, pero si un profesor no se siente cómodo con el tema, o no sabe cómo responder a preguntas y situaciones, ¿qué tanto beneficio puede aportar la lección?

Recuerdo una ocasión en una clase de noveno grado en la que estábamos hablando sobre mitos y realidades. “Cuando las mujeres dicen no, en realidad quieren decir sí”, leyó la profesora de una lista de enunciados para discutir en clase. Los varones de la clase contestaron en unísono, “sí, eso es cierto, porque les da pena admitir que sí lo quieren”. La profesora preguntó a las muchachas de la clase si querían aportar algún comentario – silencio total. Y se siguió al siguiente enunciado en la lista. Este caso demuestra la importancia de entrenamiento pertinente y personal calificado para manejar la complejidad de los temas. El tema de consentimiento en ese entorno cultural en particular es muy delicado, y fue una oportunidad perdida para crear un espacio de discusión con los estudiantes.

Conversando con un grupo de estudiantes estadounidenses que están realizando un programa de intercambio en salud pública, una de las estudiantes tuvo una idea que considero que suma al concepto de libertades y elección individual. Los padres pueden solicitar que sus hijos se retiren por completo de las clases de afectividad y sexualidad, no obstante, existen muchos módulos que cubren temas que no tienen nada que ver con sexo, y un estudiante que se retira del curso por completo podría perder beneficios de estos otros temas. Un ejemplo es la actividad de “Auto-aceptación, aceptación entre pares y su relación con bulimia, anorexia y obesidad en la adolescencia” (página 77) para octavo grado. Se podrían generar temarios con actividades de la clase semanal para los padres de familia y que cada familia decida cuáles clases del programa se reciben y cuáles no. De esta manera se insta a los padres a leer el contenido de cada módulo y actividad (y que no se crean todo lo que leen en redes sociales), y permitimos a los jóvenes acceso a más actividades e información que contribuyen a la formación integral del adolescente.

Es importante recalcar que los programas que se usan han estado vigentes por 6 años y en ese periodo no se ha realizado monitoreo ni evaluación (ni siquiera hay datos de cuántos estudiantes en el país asisten a las lecciones). Este fallo no es único del MEP, la mayoría de las instituciones públicas en nuestro país generan y perpetúan políticas sin base de evidencia. Esto es algo que debe cambiar, como dice mi madre ingeniera, “cualquier cosa, aun cuando funcione bien, siempre se puede mejorar”. Se deben llevar a cabo más evaluaciones extensas para mejorar la plataforma que han generado los programas de educación sexual. El programa es un gran avance en temas de derechos, salud y educación para la persona joven, pero eso no significa que no deberíamos estar en un proceso de mejora constante.

Me gustaría concluir con una reflexión de similitudes de la coyuntura relacionada a los programas de afectividad con las dificultades que han enfrentado otros países con el llamado movimiento anti-vacunas. Existe vasta literatura de experiencias enfrentadas por autoridades de salud al enfrentarse a personas que consideran que la mejor opción para sus hijos es no administrarle vacunas. Uno de los errores grandes que se han documentado es el acercamiento y la forma de hablar a las personas que “se oponen” a las vacunas. Cada uno de los lados genuinamente quiere lo mejor para los niños, y cada lado genuinamente considera que tiene el respaldo de evidencia para justificar su posición. Humillar, tratar mal, e insultar a la gente que tiene una posición distinta no va a “convencer” a esa gente de “ver la luz” y cambiar todo su sistema de creencias. Ese tipo de negatividad y confrontación lo único que hace es que la gente “se plante” mas, y deje de escuchar argumentos.

Mi llamado entonces es al respeto y al pensamiento crítico. Respetemos las posiciones de los demás, pero al mismo tiempo seamos exigentes con la calidad de la información que recibimos y compartimos diariamente. Solamente porque algo haga eco a mis propias opiniones no significa que contiene la verdad absoluta. Cada vez que veamos un extracto de un texto citado, una noticia, busquemos la fuente original. Hagamos un análisis introspectivo de por qué tenemos la opinión que tenemos. Siendo claros con nuestros sesgos, inclinaciones y posiciones podemos tener un diálogo mucho más constructivo y propositivo.