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Hace algunos años en una conferencia sobre la abolición del ejército y la democracia costarricense, el doctor Olivier Dabene, conocido Profesor Catedrático del Instituto de Estudios Políticos de Paris, explicaba como los “ticos” éramos un fenómeno difícil de explicar. Siendo la democracia más antigua de Latinoamérica, él explica que si bien es cierto factores como el no tener ejército y tener fuertes garantías sociales ayudaba al comportamiento pacifista que caracteriza a los ticos, estos no eran los verdaderos motivos que explican la idiosincrasia costarricense, para él había algo más, un je ne sais quoi que hacía de Costa Rica y sus procesos democráticos únicos y complejos de analizar.

Fue una charla corta, pero ahora más que nunca compruebo que tenía razón. Entre tanta subida y bajada de porcentajes en las encuestas, quienes después de tantas décadas de bipartidismo, están teniendo cada día más dolores de cabeza para descifrar la formula correcta para ganar las elecciones son los políticos tradicionales. Hace cuatro años el pueblo les demostró a esos políticos de la vieja escuela que estábamos cansados de lo mismo. Partidos que, ni en sus sueños más descabellados, lograron más peldaños en la Asamblea de lo que nunca hubiesen llegado a imaginar. El pueblo de Costa Rica, demostró ser un colectivo pensante, analítico, y democrático.

El tan anhelado experimento iba resultando de acuerdo a lo planeado. Sí, un poco con la ayuda de la madre naturaleza de por medio, pero todo cambio cuando una gran muralla de cemento chino lo desintegró, dejándonos como resultado, encabezando las encuestas: un Pinocho, un pequeño Napoleón, y lo inimaginable, una versión aún más patética de un Trump conservador… Es decir, en nuestro país vecino del Norte, Guatemala, literalmente hay un comediante como presidente, en el caso de Costa Rica, no estamos muy lejos de terminar igual. Entre un pinocho que cada día le crece más la nariz, un autócrata con aspiraciones napoleónicas, y una versión bastante más ignorante y decadente de Trump.

Los costarricenses deberíamos de enfocarnos en usar tan solo una hora de las cuatro o más que pasamos en las presas de ida y vuelta al trabajo para recapacitar nuestro voto. Nos daríamos cuenta que al país le afecta en muy poco si los “Nazi-fascistas” se quieren casar, si la hija del vecino decide abortar o si fulanito de tal decidió cambiar el modo de caminar. Lo que realmente afecta al tico promedio son las horas que se le van al día en transportarse de un lugar a otro, la inseguridad, y no solo en las calles, si no en las billeteras, y finalmente el tiempo que le va a tocar esperar para operarse si se llega a enfermar.

Ideología de género o no, los adolescentes van a seguir teniendo sexo, los homosexuales vamos a seguir saliendo del closet y las iglesias de cochera protestantes se van a seguir llenando. Somos individuos, y el colectivo no va a dictar nuestra vida sexual, nuestras preferencias o nuestra religión.

No se necesitan de estadísticas para tratar de descifrar el milagro de nuestra versión tercer mundista de Trump, y no, no fue dios el que movió los números. En cuanto sigamos teniendo deserción en las escuelas y colegios, pobreza extrema y desempleo, habrá más seguidores en los “conciertos de salvación”. Este fenómeno se empezó a dar hace muchos años, en países como Colombia, Brasil, y en el sur de los Estados Unidos, donde recientemente los fanáticos de las “mega church” lograron llevar a Trump y Pence a la Casa Blanca.

La conclusión es simple, las nuevas iglesias están llenando el vacío que desde ya hace algunos años el Estado no logra llenar, en las regiones más pobres del mundo donde no hay agua o electricidad, hay un fanático religioso tratando de adoctrinar. Aún estamos a tiempo, no sigamos la corriente mundial de combinar religión con política y sobretodo no perdamos ese je ne sais quoi de la idiosincrasia tica.