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La participación en la política de la población con discapacidad es uno de esos logros que ha costado mucho obtener, como la paridad de género y la incorporación de etnias que han sido históricamente excluidas por el arquetipo de político macho, con traje, dientes perfectos y tez blanca (gente normal).

Para quienes iniciamos a votar en la década del 2000, nos sorprendió positivamente que existiera un partido que se mostraba como representación de la población citada e incorporó a los primeros candidatos con discapacidad. Como parte de ese grupo humano, debo reconocer que en mi primer sufragio, di con esperanzas mi voto a la papeleta legislativa de aquel primer buen intento de visibilización.

Pero la rueda empezó a girar y cada día esa esperanza se convertía en preocupación y la preocupación terminó  (en mi caso y el de mucha gente que me lo comenta) en decepción: primero al ver que los proyectos propuestos en lugar de buscar oportunidades y dignificación de la población, solicitaban dádivas, tratos preferenciales excesivos y tal vez lo peor, la ausencia de políticas públicas que supusieran un cambio de paradigma. Incluso ha faltado lo que pudo haber sido básico, como una voz fuerte que exigiera el cumplimiento de las leyes existentes, el respeto a los convenios internacionales suscritos por Costa Rica y que se luchara por fortalecer grupos comunales que aglutinen a las personas con discapacidad para crear frentes de lucha.

Al final la decepción terminó en repudio, pues los casos de corrupción que han salido a la luz pública aludiendo a ese partido y las participaciones desafortunadas de un diputado que hace circo de su condición de discapacidad en medios de comunicación y redes sociales, declaraciones cargadas de homofobia y misoginia, entre tantos desatinos, han dejado un resultado de burlas y reproches que rebasan al personaje, cayendo incluso sobre la condición de la ceguera y la discapacidad. Bromas sobre ciegos y comentarios que te encontrás al andar por la calle que te dicen: oiga, cuidado usted es como ese diputado que se hace el ciego y lo que es, es un vivazo.

Lo anterior ha complicado mucho el papel de las personas con discapacidad en la política, porque cuando llegás a pedirles un voto, desconfían y te juzgan por lo primero que se les viene a la cabeza. Pero debo decir que esto alienta, pues el reto es mayor. Demostrar que hay personas en esta condición que pueden hacer un mejor papel, manifestando independencia, con capacidad de mostrarse con dignidad y aportar a la sociedad desde su vivencia. Dejar de hablar de accesibilidad e impulsar el nuevo paradigma llamado universalidad, en el que todo se diseña para que pueda ser utilizado por cualquier persona, independientemente de su condición, aplicándolo a infraestructura, transporte, educación y derecho a la información.

Somos una minoría que ha vivido la discriminación, por lo tanto no podemos ponernos en contra de otras personas que pasan por lo mismo, pues ese látigo pega igual, ya sea que tengás una discapacidad, seás LGTBI, seás mujer, seás indígena o persona afrodescendiente. La gente con discapacidad no quiere un pase de bus gratis, quiere un trabajo hasta para comprarse un carro, quieren formar familias y demostrar que en la vida no se puede andar meneando un bastón para dar lástima. El FA ha dado el gran paso al demostrar que las personas con discapacidad no somos exclusivos de un partido, para que otros sigan su ejemplo instaurando una verdadera inclusión en la política nacional. De quienes aspiramos a una oportunidad y quienes vendrán dependerá demostrar que sí se puede.