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A modo de editorial: a mí —casi siempre— me gusta ser el abogado del diablo...

— En general, desprecio el chisme. En particular, también. A eso sumemos que soy alérgico a la mentalidad de rebaño. Ese enojo colectivo mal canalizado suele ser cómplice de todo tipo de injusticias y sandeces. Procuro entonces —sin estar por encima de equivocarme— llevar la procesión en paz. Ser prudente. Esperar. Corroborar. Sobre todo, no asumir. Y cuando puedo, cuestionar. Particularmente a quien acusa a alguien de algo sin probarlo.

— Es por estos motivos que, en condiciones normales, estaría hoy considerando defender a Celso Gamboa. No lo hago simple y sencillamente porque no puedo. Porque lo suyo me supera y me genera cualquier cosa menos empatía. Porque sé lo que sé y sé como debería saberlo él que de esta no va a salir bien parado. Que va a tener que decir la verdad. Que está tomándole el pelo al país. Que está agotado. Como nosotros. Que está angustiado. Como nosotros. Y sé que nunca vio venir e...