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En la alborada de la vida, cuando todo es nuevo, los olores, los silencios, los rostros de quienes nos reciben, los sonidos tintineantes; cuando aún no te han enseñado a fingir para que no te devoren en la selva social, el asombro es tan natural que se asume como un proceso corporal y solo ante su ausencia, lo valoramos en retrospectiva con una mezcla de gratitud y sensación de pérdida.

En esa edad temprana en que todavía no te han instalado los filtros, uno habla lo que piensa, y siente lo que dice, sin malicia. Cada uno de nosotros tiene primeros recuerdos, intransferibles, entrañables, personalísimos, que se activan después de una manera misteriosa con una fotografía, una canción, una mirada, o simplemente las memorias vuelven como un bumerán que dio la vuelta hace mucho tiempo y te golpea suavemente como la brisa de un viento tierno.

Las quiebraplatas (luciérnagas) del Malecón estallaban durante un segundo en la noche, y para mí, ese era el misterio mayor del instante. Si las estrellas estaban en el cielo y su luz no se apagaba, aunque centellaba, ¿cómo habían bajado para desaparecer en un segundo?

Para el niño que fui, la explicación de mi nana era sagrada y convincente: me decía que eran las almas en pena de quienes no podían descansar en paz porque tenían asuntos pendientes en la tierra. Su mano color barro sujetando la mía me daba paz, no había sitio para el miedo, ni para la zozobra que la vida traería sin falta más adelante.

Todos tenemos afectos y desafectos, aprender a distinguir unos de otros es un ejercicio de sabiduría, porque a veces se disfrazan y cambian de lugar en un santiamén de maneras misteriosas. No sé cómo lo perciben ustedes, pero en mi caso, el paso de la infancia a la adultez fue deslizarme en un tobogán de tiempo trepidante, de tal manera que me veo ahora en el espejo y me reconozco en la mirada, pero hay un señor de mediana edad en el reflejo que guarda mi esencia, pero a veces no me representa.

Recuerdo el día de la despedida, la señora que me acompañó desde mi nacimiento, que no era mi madre biológica, sujetaba su mano de maíz a la mía, cumplimos la promesa que nos hicimos más de cincuenta años atrás, que no nos dejaríamos nunca. Yo le agradecía y ella temblaba cuando le decía algo emotivo. Dicen que el sentido del oído es el último en perderse.

Ella nació en la finca de café de mi abuelo y se fue una noche de marzo a los 96 años de edad en mi casa en el 2019. No aprendió a leer, ni a escribir, pero moldeó mi corazón con aceptación incondicional y ternura de madre; su risa fácil era mi cura chamán, su sencillez fue mi sendero sin mapa.

Por eso me cuesta comprender los afanes de algunos, acerca de riquezas, fama, poder e influencia. Cada vez que escucho algún bombeta lucirse en privado o en público, anhelo la modestia de quien no quería ser notada, pero cada uno de los días se le echa de menos, porque las minas del rey Salomón no se ven, se sienten. Tarde o temprano todos vamos a tener que lidiar con una despedida ajena, hasta que llegue la propia.