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La contradicción es parte de la condición humana. Hanna Arendt, la gran pensadora judía, fue amante de uno de los grandes filósofos del siglo XX, el alemán Martin Heidegger (1889-1976), autor del demoledor libro: “Ser y tiempo” (1927), actualmente, existe consenso que el filósofo simpatizó con el nazismo y aclamó a Hitler, pese a su metafísica brillante, es un hecho que era antisemita. En defensa de la autora de “Los orígenes del Totalitarismo” (1951), Arendt fue alumna de Heidegger, pero también de Karl Jaspers y Edmund Husserl. Eso indica que al deseo nadie lo entiende, nadie lo manda, es subjetivo, diverso y enturbia la razón. A menudo es difícil separar la obra del autor y al revés.

Precisamente, Martin Heidegger ha influenciado a uno de los filósofos vivos más provocadores y brillantes en mi criterio: el surcoreano Byung-Chul Han (Seúl, 1959), quien, además, es uno de los autores más prolíficos de los últimos tiempos. Escribe textos breves en los que ofrece pensamientos originales. No es racista, ni antisemita, pero levanta roncha porque no teme decir lo que piensa sin dorar la píldora. En su última obra titulada “La expulsión de lo distinto” (2017), Han vuelve a uno de sus temas recurrentes, que consiste en la premisa que vivimos en el reino de lo igual. Las tecnologías actuales y el estilo de vida del capitalismo neoliberal tienen muchos dispositivos para igualar los unos a los otros por medio de procesos de invisibilización de la diferencia, es decir, de la homogenización. Eso tiene que ver con el código, con aquello que no vemos pero que está ahí. En el mundo digital, todo es numérico y por tanto igual. El filtro burbuja del algoritmo es un primer elemento. El término de “filtro burbuja” fue acuñado por el activista de Internet Eli Pariser, y se refiere a la manera como Google y ahora muchos otros sitios de internet están programados para recoger información sobre nuestros intereses, nuestras búsquedas, nuestros hábitos y conseguir que poco a poco desaparezca aquello en lo que no hemos mostrado interés, y para que cada vez más lo que destaque sea afín a nuestro pensamiento. Nos muestran personas que piensan lo mismo que nosotros, que están afiliadas a las mismas instituciones que son importantes para nosotros y refuerzan la sensación que “somos muchos quienes pensamos igual”, dando una sensación de falsa comunidad virtual utilitaria y frágil, o “enjambre”, como lo llama Byung-Chul Han.

Evidentemente, la distancia como tal desaparece, todo está al alcance de un clic, eso produce que se pierda el respeto por los demás. En este mundo digital hay un terror a lo distinto que es entonces lo auténtico (aquí se advierte la influencia de Heidegger con claridad). Lo que queda es la estética de la selfie, una especie de ocultamiento en el fondo del verdadero yo, con heridas y tensiones. “Las heridas son el reverso de los selfies” (Han, 2017, página 45), pero nuestro tiempo tiende a negar las heridas, las diferencias, para volver al mundo de lo igual. Esto no puede evitar nuevas violencias que nacen del terror y, de nuevo, entonces vemos este pensamiento digital en donde la condena a toda violencia contiene un silencio que muchas veces no vemos. La indiferencia digital es una nueva forma de violencia agrego yo, porque nos hemos convertido en narcisistas de la comprobación de nuestra propia existencia virtual, y necesitamos saber que nuestro aporte de contenidos tiene significación (aunque sea de críticas negativas) para los nuevos consumidores de esa información. De tal manera, que estimo que la ansiedad del vacío digital actual se podría equiparar al no ser escogido para un juego análogo en el siglo anterior, duele y, además, es duro reconocer como hemos caído todos en la trampa de validación binaria del comportamiento de los algoritmos.

Por eso, las selfies mienten, vemos familias felices que narran una integración, pero que esconden sus dolores y miserias, nos regalan una imagen de lo que quieren proyectar como venta de marca grupal, pero ocultan su verdadera historia. Las fotos individuales son más crueles, sobre todo si han pasado por filtros digitales, embellecen el rostro hasta hacer irreconocible lo que hacía particular la cara del individuo, sus arrugas, el ojo vireco, la cicatriz de la infancia; porque en el fondo, se trata de negar la muerte y buscar una permanencia irreal en un paraíso artificial, un boleto a la celebridad inexistente sin mérito, un pasaje a un mundo feliz.