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Las cosas que pierden sus elementos esenciales dejan de existir. Esta histórica crisis del coronavirus que ocasiona la enfermedad COVID-19 representa una encrucijada para naciones enteras, organizaciones públicas y privadas, grandes y pequeñas, para familias y también para nosotros como individuos. Algunos no sobrevivirán. Afortunadamente, y como suele suceder cuando ha sido puesta a prueba, Costa Rica ha respondido a las primeras tres semanas de la crisis sanitaria a la altura de lo esperado ante tal exigencia, como debe ser. La capacidad de reacción, la eficacia en la toma de decisiones y los esfuerzos integrados entre gobierno, industria, academia y sociedad civil están resultando en un desempeño mejor al de varios países desarrollados cuyas crisis sanitarias eran evitables si tan sólo hubieran contado con buena gobernanza.

Aquí una advertencia: tres semanas son apenas la punta del témpano de hielo. Ignoramos lo que yace en las próximas tres semanas, durante las cuales el número de casos confirmados quizás se multiplique varias veces debido a su tendencia exponencial. Si hoy requerimos quedarnos en casa y distanciarnos físicamente de nuestros compatriotas, dentro de tres semanas será aún más pertinente hacerlo ante una epidemia ampliada. Sumarle tres semanas más a la abrupta parada que tuvo nuestra economía nos obliga a imaginarnos cómo estaremos hacia fines de abril en ese departamento.

Si algo va quedando claro es que la crisis económica por COVID-19 empobreció al mundo entero. Incluso las industrias que han crecido las últimas semanas, como las de teletrabajo y educación virtual, telecomunicaciones, comercio electrónico y entregas a domicilio, han visto menoscabado el bienestar de sus colaboradores y de las comunidades en el que operan. No quiere decir que nos hayamos empobrecido permanentemente, pero sí presiento que debemos prepararnos para dos años desafiantes en términos económicos. Tampoco quiere decir que nos hemos empobrecido todos por igual, pues resulta notorio que la mitad más vulnerable será la más golpeada y la desigualdad es patente entre los que aún tienen empleo y los que lo han perdido.

A propósito de la estupenda noticia de que Costa Rica aprobó su último examen de adhesión a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), tuve la oportunidad de aprender en dicha organización una metodología para diseño de políticas públicas que consiste en impactar lo más posible a la mitad más vulnerable de la población meta de toda política. Ello provocaría dos efectos: primero, que los más vulnerables avancen lo más posible gracias a esa política; y segundo, que el resto de la población igualmente se beneficie. Esa dinámica rigurosa de diseño aceleraría el desarrollo de los países.

Cuando volvamos a estudiar la historia de estos insólitos días nos daremos cuenta de que la globalización comercial, como la conocíamos, se compartimentó de la noche a la mañana. No quiere decir que haya terminado, pero ha recibido un duro golpe que le ha restado vigor, para peores después de tres años de duros golpes asestados por la Administración Trump bajo su política nacionalista “America First”. Quizás la descoordinación multilateral que percibimos hoy y que impide reaccionar con efectividad al coronavirus sea en parte el resultado de aquel debilitamiento sistemático. La historia nos dirá.

Lo cierto es que el mayor desafío para países integrados a la economía internacional, como Costa Rica, sea el adaptarse rápidamente a los retos que surgirán de esta crisis en los rubros de exportaciones de bienes agrícolas e industriales y la prestación de servicios como el turismo. Ello debido en particular a nuestra dependencia en el mercado estadounidense y en menor medida el europeo. La toma de decisiones de política económica de nuestro país deberá tener un ojo puesto en la situación sanitaria y sus consecuencias económicas en aquellos dos grandes socios comerciales. Igualmente urgente e importante es impulsar a toda máquina la gran oportunidad que emerge para la economía digital y su propio proceso de globalización a raíz de la crisis actual. Bienvenidos a la cuarta revolución industrial.

Tenemos entre manos una oportunidad única de rediseñar mucho de lo que andaba mal en nuestro país, y también en nuestro mundo. Crear políticas públicas que prioricen la mitad más vulnerable de la población es lo pertinente para nuestros líderes. Eso nos permitirá preservar lo esencial que tiene la nación costarricense para actuar desde lo que somos y robustecernos durante la crisis. Extraigamos lo más valioso de nuestra identidad y forjemos nuestra mejor versión. Lo esencial de Costa Rica es su aspiración por la paz y la justicia social, la solidaridad y la inclusión, la generación de bienestar y la manera simbiótica como nos hemos relacionado por generaciones con la naturaleza. Aquí y ahora se verá de qué estamos hechos.