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Es un dato conocido que la palabra tabú fue escuchada por primera vez por alguien de esta parte del planeta por el navegante inglés, el famoso capitán James Cook en 1777 y conocida en Occidente, en sus memorias, publicadas, en 1784.

Cook la usó para para referirse a un sacrificio religioso de los polinesios, en relación con la víctima consagrada, (tataa-taboo); Cook cita que, en la isla de Tonga, se aplicaba este término en todos los casos en que las cosas no podían ser tocadas y, en general, a lo prohibido. Cosas de la vida, el canibalismo es un tabú y cuando James Cook desembarcó en las islas que llamó Sandwich (actual Hawaii), los nativos lo confundieron con el dios de la fertilidad (Lono), lo que le vino muy bien para sus intereses, pero al morir uno de sus marineros, los locales se percataron de que no se trataba de seres divinos, por lo que fue asesinado y cocinado por quienes antes lo veneraron. Suelen clasificarse los tabús en tres grandes grupos: religiosos y supersticiosos; morales y sociales. La sola mención del tabú pone incómoda a la gente, que procura, con menor o mayor disimulo cambiar de tema.

En Estados Unidos de Norteamérica, cada nueve minutos un niño o niña es víctima de un ataque sexual, y en el noventa y cinco por ciento de los casos, ellos y ellas conocen al perpetrador. Muchos de quienes cometen este tipo de delitos son personas de confianza o están a cargo del cuidado de niños como, por ejemplo: un familiar, maestra(o), un sacerdote o religiosa(o) o entrenador(a) de deportes. La realidad en Latinoamérica no es diferente, es solo que los registros no son tan exhaustivos. Antes de escribir sobre este tema, alguien cercano me dijo con la mejor intención: “no hables de eso”. Quería protegerme, y a la vez, reforzar inconscientemente el tabú social que pesa acerca de este tópico.

Es común que las víctimas de abuso sexual infantil no lo recuerden sino hasta años después de que ocurra. Algunos sobrevivientes pueden nunca recordar completamente el abuso y solo evocan imágenes distorsionadas. Sin embargo, solo porque un recuerdo completo y claro del abuso no esté disponible, no significa que el abuso fue necesariamente menos severo o que pueda no ser significativo en la salud mental de quien lo sufrió. Las víctimas a menudo tienen creencias de que son responsables de por qué ocurrió el abuso y albergan intensos sentimientos de culpa. Del mismo modo, los abusadores a menudo le dicen a los perjudicados que tienen la culpa de lo sucedido, lo que erróneamente aleja la culpa del abusador y la lleva al niño. Lo sé, porque me consta en primera persona. El tabú dicta que esas cosas no les suceden a los machos varones, escuché esta expresión alguna vez, pero no es cierto. Durante años he enfrentado pesadillas recurrentes, sentimientos de culpabilidad y vergüenza. He experimentado retrospectivas instantáneas (flashbacks) involuntarias, ataques de ansiedad y problemas de autoestima.  Con ayuda profesional y mis creencias, he seguido un proceso realista de sanación paulatino. No me siento víctima de un destino cruel, ni un articulista que mendiga atención o lastima, sino lo contrario, soy un hombre que comparte su experiencia para decirle a otros seres humanos, especialmente si son varones, que se puede hablar de eso, que se puede seguir viviendo dentro de una felicidad razonable (como todos los demás) y que la clave está en perdonar a quien te hizo daño, haciendo añicos los tabúes que te han encadenado a los convencionalismos más crueles del silencio.