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Como seres eminentemente sociales, tenemos una enorme necesidad de ser vistos y vistas. De ser reconocidos, de sentir un apapacho. La evolución nos permitió hablar, comunicarnos, compartir historias y fue así como pudimos construir cultura y sociedad. Una consecuencia ineludible es nuestra necesidad de conexión y visibilidad, tanto así que, si esa necesidad no es satisfecha, su búsqueda puede provocar acciones dañinas y hasta destructivas.

Me pregunto si estamos poniendo suficiente cuidado en asegurarnos de no negar ese deseo humano primordial. ¿Estamos construyendo sociedades inclusivas, tolerantes y generosas, en donde todas las personas nos sintamos vistas? De no ser así, ¿Cuáles son las consecuencias?

Soy esto, y por eso no puedo ser esto otro

Como animales sociales, dependemos muchísimo del sentido de pertenencia. Para pertenecer a un grupo, necesitamos definir nuestra identidad. Diseñamos categorías y descripciones, hilando historias sobre quiénes somos, cómo es nuestro grupo, cuáles son nuestras creencias y comportamientos, así como qué nos gusta y qué no. Pero claro, si nos vamos a poner a decir quiénes somos eso, por default, significa que estamos describiendo también quiénes no somos, porque los seres humanos aún no hemos encontrado otra forma de conocer algo, a menos de que sea en contraste con otra cosa: calor-frío, adentro-afuera, arriba-abajo, bueno-malo, etc.

Al diseñar quiénes somos, siempre terminamos diferenciándonos de lo otro —lo que no somos— y a veces se nos va la mano. Costa Rica parece estar más polarizada que nunca. Abrazamos con fuerza lo que somos y en lo que creemos y rechazamos con igual determinación a todas las personas que no compartan nuestra opinión. Vamos formando núcleos con quienes ven el mundo de una forma igual, y cerramos los oídos y el corazón al resto.

Nuestras convicciones, importantísimas para el diseño de nuestra identidad, van a ser fuente eterna de conflicto si somos incapaces de aceptar que vivimos en una sociedad con diversidad de convicciones e identidades.

Escuchar, dialogar y bajar el volumen

Si nos sentimos invisibles, nos sabemos maltratados y nuestra estabilidad mental y emocional pueden pagar un precio muy alto. Si no nos sentimos vistos y vistas, subimos el volumen, gritamos de ser necesario, hasta que nos pongan atención. Las consecuencias de querer ser reconocidos y expresarlo a través de la imposición de nuestra identidad y convicciones —que a nuestro juicio son las correctas— se dejan ver claramente en la sociedad que estamos construyendo.

Está bien tener convicciones, por supuesto, ser personas auténticas y aceptar quiénes somos. Expresarnos y protestar ante lo que nos parece mal. Pero aún si estuviéramos en desacuerdo con todo lo que otras personas expresen, podemos ser amables, generosas y respetuosas, tanto en redes sociales como en las interacciones reales. Podemos procurar dejar de ver el mundo en términos de extremos irreconciliables y sí, por qué no, agree to disagree.

Si no le permitimos a todas las personas expresarse y ser vistas, les estamos negando una necesidad primordial que todas hemos heredado a través de milenios de evolución. El sentido de pertenencia es fundamental para nuestra cultura y experiencia humana, y con el tiempo habrá quienes crean que casi cualquier acción es válida para defender lo que consideran sagrado y ser vistos y reconocidos. Si no empezamos a practicar formas más tolerantes de comunicación e interacción, ponemos en riesgo la estabilidad de nuestra sociedad, incluso de nuestra democracia, que tanto nos costó construir y mantener.