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La receta es sencilla: primero se le prende fuego a la casa y después se busca un culpable. Esta vieja receta aparece cada semana con un nuevo acto en su versión criolla en la política costarricense. La mayoría de las semanas la estridencia proviene de la Asamblea Legislativa, el resto de Casa Presidencial. 

Cada nueva Asamblea Legislativa es mucho peor que la anterior, al menos en lo que va de mi corta memoria política. En los últimos 16 años el capital político de la Asamblea se ha dilatado entre los bochornos del “chuchinguismo” político, “las plumas” de Justo Orozco, las fotografías de Oscar López y los sonados casos de malversación de fondos del Libertario y el populismo autoritario de Otto Guevara.

Sin mejora, la Asamblea Legislativa 2018-2022 ha multiplicado el ruido, los espectáculos de telenovela, el populismo autoritario y el malestar. Alcanzan los dedos de una mano para identificar de los 57 diputados a quienes están preparados para el cargo y que a pesar de las diferencias ideológicas aumentan los niveles de discusión y debate político. Para la mayoría, en especial para los diputados del PUSC y los fabricistas, la campaña del 2022 comenzó ya.

En la acera del oficialismo la política kamikaze es la norma. Después de haber prometido un gobierno de Unidad Nacional, la administración de Alvarado ha dinamitado todos los acuerdos y pactos que, aunque débiles, mantenía el PAC con diversos sectores sociales. En esta política de aislacionismo la presidencia y buena parte de sus diputados se han movido más a la derecha con la añeja excusa de “no hay alternativa”. A pesar de haber incluido a prominentes miembros del sector empresarial al gabinete, la fórmula de más empresarios al poder ha dado pocos réditos en términos de empleo o dinamismo económico y por el contrario ha aumentado la desconfianza social y la propia oposición de las cámaras empresariales.

Valga sumar además el creciente personalismo de jerarcas de instituciones públicas que intervienen en el debate político, pareciera, con agendas personales y de política electoral de corto plazo. Lejos de la cautela comedida de sus cargos, jerarcas en la Contraloría, la Defensoría y el Banco Central, por ejemplo, aparecen cada día más mediáticos aumentando el ruido a temas y debates que requieren de estudio, diálogo y consenso. Por sobre la fortaleza institucional hay quienes han preferido aumentar su capital político personal.

A todo lo anterior hemos de sumar la gasolina vertida en el debate público por muchos medios de comunicación, en especial de algunas plataformas digitales. Por un lado, algunos medios digitales han levantado su cruzada personal contra personas, instituciones y proyectos, sin siquiera transparentar qué intereses políticos o económicos les guían y por otro, lado, medios que sin importar su peso y su rol social se han olvidado de todas las formas y fairness periodístico. Los reportajes recientes del periodista Álvaro Sánchez y Telenoticias sobre los conflictos en Sálitre son un punto de no retorno.

En el horizonte de muchos la mesa está servida: sacrificar al país para “renacer” de las cenizas en el 2022. Pero después del fuego, al menos en política, pocas veces llega la calma.