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Primero una aclaración de un título en otro idioma. Uso esta expresión en inglés, en su versión sureña y en sentido sarcástico, porque considero que es la que más se aproxima ante la coyuntura que ha vivido la democracia estadounidense en los últimos años y ahora se materializa en el juicio político o impeachment contra el presidente Donald Trump, el cual constituye un momento crítico para ese país y su sistema político.

La democracia en este país se ha venido deteriorando en las pasadas décadas, alcanzando su punto máximo en las últimas semanas, tanto por la decisión del Senado de no atender las razones y argumentos para realizar el juicio político, como el uso de la presidencia para intereses personales y corporativos de Trump y de la situación de las primarias demócratas en Iowa. El partido Republicano con tal de decir que está en la presidencia (aunque el mandatario no ha pertenecido a esa agrupación política) prefiere dejar de lado principios éticos y valores que ha defendido desde su fundación. Todo por afirmar que ejerce el poder; por eso este fenómeno es uno de los más desafiantes de la naturaleza humana. ¿Se habrán preguntado los líderes del partido cuánto daño le están ocasionando al país y a su proyecto político?

Más allá del interés del partido Demócrata en el impeachment y en evitar la reelección (cuando carece de un líder que atraiga al electorado), había suficiente evidencia para juzgar al presidente por abuso de poder solo en el caso de Ucrania. Y eso que no incluía otros aspectos de su gestión, como la reiterada negativa a dar a conocer su declaración de impuestos. ¿Cómo un mandatario de una democracia puede estar por encima de la ley? ¿Cuánto habrá ganado la corporación Trump en los últimos años gracias a ocupar la Casa Blanca y no se han declarado esos ingresos para efectos tributarios? ¿Cuántas otras violaciones ha cometido el gobernante sin que la prensa las haya documentado? Se espera que la historia las diga.

Esta situación deslegitima y desprestigia a la figura del presidente, a la Casa Blanca y a Estados Unidos, que durante décadas se proclamó como el adalid de la democracia en el mundo (al igual que el gran defensor de los derechos humanos, cuando hoy viola los derechos básicos de miles de personas). La cuestión es ¿cómo hoy Washington puede demandar la vigencia de la democracia en otros países si en su caso irrespeta valores y principios democráticos fundamentales? Y no hay duda de que este año el Departamento de Estado publicará los informes sobre democracia y derechos humanos en el mundo acusando a otros países de violaciones; o sea viendo la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

En democracia una cuestión clave es el respeto a la voluntad popular expresada en las urnas electorales. En dos elecciones (tras el fin de la Guerra Fría) quien ha ocupado la presidencia no es quien ha obtenido más votos. Se alega que el sistema del colegio electoral es básico para garantizar la democracia; esto fue cierto en el siglo XIX y la primera mitad de la centuria pasada; pero no ahora. Este esquema buscaba garantizar la representación de los Estados con menos población en la decisión final; pero ahora genera un efecto negativo que irrespeta la voluntad popular. Y llama la atención que en esas dos ocasiones el beneficiado haya sido el partido Republicano.

Otro argumento es que entre más antigua la constitución y menos enmiendas se hayan hecho, mejor, porque así se garantiza la solidez del sistema político, esto fue correcto en la sociedad política del siglo XX, no hoy. Si Estados Unidos quiere seguir siendo una democracia sólida tendrá que hacer profundas reformas, pero esto no se ve en el horizonte, por eso (ahora en español) puede afirmarse “pobrecito Estados Unidos” con la gestión de Trump y su reelección, porque parece que el electorado republicano no percibe el daño que le ocasiona el presidente al país.