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Hace algunas décadas, para mi quinto cumpleaños, recibí de mi abuelito paterno un regalo que me transformó la vida. Era un libro ilustrado sobre la vida de Heinrich Schliemann, el arqueólogo alemán que, siguiendo las míticas pistas en La Odisea y La Ilíada, descubrió los restos de la ciudad de Troya. En mi cabeza de niña, ese ejemplo de vida, repleto de aventuras, inventos y un legado duradero a través del tiempo, me convenció que algún día yo también podría incorporar esos elementos al construir la mía.

Sedienta de ejemplos por seguir, busqué quiénes en mi mundo cercano calzaban con ese molde y en los tempranos ochentas no tuve que ir muy lejos: don Franklin Chang iniciaba su espectacular trayectoria como el primer latino en el cuerpo de astronautas de la NASA y Jacques Cousteau, en su programa semanal “El Planeta Azul”, me abría los ojos a los misterios submarinos de nuestra Isla del Coco. Sin entender con claridad que los unía el concepto concreto de hacer ciencia, y sin notar tampoco que ellos eran hombres y yo mujer, asumí que esa clase de sueños ambiciosos y audaces, eran una verdadera opción aspiracional para mí. Y sin detenerme a cuestionar si pertenecería al llegar al destino, hacia allá me encaminé.

Eventualmente me formé como ingeniera mecánica, pues registré que la tecnología es la que permite que, tanto astronautas como buzos, exploren sus respectivos ambientes extremos. Y cumplí mis propias aventuras de exploración de relevancia mundial, trabajando por más de 10 años en el Ártico como oceanógrafa, haciendo estudios sobre el cambio climático. Durante esta trayectoria profesional, me he encontrado muchas veces siendo, literalmente, la única mujer en mi barco y me he cuestionado: ¿Por qué otras niñas no sintieron, o no persiguieron, esa misma gravitación hacia la vida extraordinaria, a veces intrépida, pero siempre emocionante, que es hacer ciencia?

Mi experiencia como una de solo 4 mujeres entre 300 hombres en la Facultad de Ingeniería Mecánica, o como la solitaria tripulante femenina rodeada de 50 marineros, es más que aisladas anécdotas personales. Son datos congruentes con evidencia robusta, examinada en publicaciones científicas y reportes internacionales, tales como “Cracking The Code: Girls' and women's education in science, technology, engineering and mathematics” compilado por UNESCO en 2017.

Desde el 2015, las Naciones Unidas declaró el 11 de febrero como el Día de las Niñas y las Mujeres en la Ciencia, en reconocimiento del rol crítico, pero poco visible, que jugamos las mujeres en ciencia y con el objetivo de promover una participación y acceso equitativos de más chicas a esas disciplinas, colectivamente llamadas STEM (por las siglas en inglés de ciencia, tecnología, ingeniería y matemática). Pero derribar esas tendencias requiere que primero identifiquemos el origen del problema, tarea compleja ya que todo apunta a que las causas de esta “brecha STEM” son multifactoriales.

El desbalance en la participación de niñas en las ciencias resulta notorio desde la primera infancia, a pesar de que las capacidades cognitivas esenciales están presentes, indistintamente, en ambos géneros. Meta-análisis de los factores biológicos del cerebro, incluyendo su estructura, desarrollo, genética, neurociencia y hormonas, no han encontrado diferencias innatas significativas entre niñas y niños, como sí se encuentran en casos de infantes que han crecido en pobreza extrema o bajo eventos estresantes. Las investigaciones sugieren entonces que las desventajas de las niñas en STEM surgen más bien como un resultado acumulativo de factores de socialización y educación, que influyen en la forma en que ellas interactúan con su familia, amistades, educadores y la comunidad en general, justo durante etapas vitales de formación de identidad, creencias, comportamiento y decisiones.

De la amplia gama de sesgos y estereotipos que adquirimos temprano en la vida, dos parecen ser especialmente determinantes para explicar, al menos parcialmente, el reducido involucramiento de las niñas en la ciencia:

  • La amenaza del estereotipo: es una conducta inconsciente que surge en situaciones donde un juicio negativo repercute perjudicialmente en nuestro desempeño, lo cual a su vez es internalizado como un déficit de confianza (que casualmente muchas veces es erróneamente identificado como el problema de raíz). Estereotipos de género sobre el nivel intelectual, específicamente en matemáticas y en ciencias, y ajustes de comportamiento asociados a esas creencias, se reconocen ya en niños y niñas entre los cuatro a seis años de edad. Cuanto más acentuado sea el contraste entre un individuo y su entorno (por ejemplo, pocas niñas entre una mayoría de niños), más considerable se vuelve el efecto del estereotipo. Una vez que esa falta de confianza se asienta, aún bajo igualdad de notas en ciencias, las estudiantes tienen una menor probabilidad de reconocer que son buenas en la materia y demuestran más signos de ansiedad al tomar un examen.
  • El sesgo de auto-selección o auto-discriminación: este sucede cuando las chicas optan por no seguir estudios STEM, pues los consideran incompatibles con su rol en la sociedad. En un experimento clásico que se ha repetido desde los años setenta, al pedirle a un grupo de niños y niñas de 5 años que dibujen a un profesional en ciencia, aproximadamente la mitad de los gráficos presentan a una mujer. Si se les aplica la misma instrucción a los 10 años, el porcentaje de mujeres científicas dibujadas desciende al 25% y continúa disminuyendo durante todos los años de la adolescencia.

Entonces, ¿qué podemos hacer para atraer a más niñas y chicas jóvenes hacia las profesiones científicas?

  • Reconocer cómo los beneficios de la ciencia nos rodean en la vida diaria genera mayor curiosidad e interés en ellas, al vincular su deseo por ser creativas y su ambición por impactar ámbitos sociales y ambientales. De hecho, curiosamente no se observan tendencias de género tan marcadas en la medicina, pues la conexión con los potenciales impactos sociales es claramente apreciada.
  • Promover las cualidades de una “mentalidad de crecimiento”: constante curiosidad, disposición a fracasar y resiliencia ante los tropiezos. Investigadores de la Universidad de Illinois (2016) documentaron que hablar sobre grandes personalidades de la ciencia de manera que se describen como “genios” o “brillantes”, incentiva la creencia de “mentalidad fija”, es decir, aluden a que nacieron con ciertos rasgos predeterminados de carácter o inteligencia. Se ha encontrado que las mujeres están especialmente sub-representadas en campos donde se hace creer que el talento innato es el requisito principal para el éxito y dónde está estereotipado que ellas no lo poseen.
  • Tomar conciencia de sutiles señales lingüísticas. A lo largo de este texto, he usado de forma repetitiva e intencional la frase, “hacer ciencia”. Un estudio de las universidades Princeton y NYU (2019) reportó que un llamado a “hacer ciencia”, en lugar de solicitarles a las niñas que “sean científicas”, como si les implicara realizar un cambio de identidad, incrementó su perseverancia y concentración en un juego científico, administrado justo después de aplicar la sugerencia.
  • Proporcionar referentes femeninos, diversos y representativos, duplica el interés de las niñas por la ciencia y la tecnología, eleva su confianza en sí mismas y su auto-percepción como competentes en las ramas STEM, según un estudio de Microsoft (2018).

Si bien estas estrategias, junto a otras, pueden incrementar el reclutamiento de niñas y jóvenes hacia las materias STEM, no resuelven las barreras sistemáticas que encontrarán en etapas profesionales avanzadas. Estadísticas preocupantes, como que sus publicaciones académicas son menos citadas, que reciben menos fondos de financiamiento o premios de prestigio, acentúan todavía más marcadamente la brecha. A los más altos grados, es bien sabido que solo 20 premios Nobel en Física, Química o Medicina han sido otorgados a mujeres, comparado con 572 hombres. Inclusive en Costa Rica, de los 70 miembros de nuestra Academia Nacional de Ciencias, apenas 11 son mujeres. Estos factores, concurrentes en muchos casos con la etapa de formar una familia, generan una combinación letal que eventualmente las presiona a desertar del ámbito científico, mucho más frecuentemente que a los hombres.

Hace tan solo unos días, regresó al planeta la astronauta estadounidense Christina Koch, quien durante su estadía récord de 328 días en la Estación Espacial Internacional, llevó a cabo las 3 primeras caminatas realizadas con otra mujer astronauta. Tal hito duró 50 años en arribar, desde que dos hombres caminaron juntos en órbita fuera de su nave. Escribiendo en un editorial para el Washington Post sobre su proeza, Christina expresó que el verdadero logro es el reconocimiento colectivo de que ya no está bien movernos hacia adelante, si no nos movemos todos juntos. Sus palabras hacen eco al lema de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, que también llama a “no dejar a nadie atrás”.

Las carreras científicas y tecnológicas son precisamente las que impulsan a la humanidad hacia el progreso y forman habilidades, de resolución de problemas y pensamiento crítico, que resultarán imperativas para una fuerza laboral competente en el futuro. Atraer la mayor cantidad de talento e ingenio, independientemente de su género, va más allá de consideraciones de equidad, simplemente nos conviene a todos. Ante desafíos inminentes que son demasiado complejos y alarmantes, no podemos darnos el lujo de despreciar a un 50% de las fuentes de soluciones e ideas.

Aunque parezca un argumento circular entre el huevo y la gallina, la solución primordial para estimular un mayor número de mujeres en las carreras STEM, parte de aumentar el número de mujeres en esos campos. Esto implica incrementar la visibilidad de su impacto, los reconocimientos de sus logros y su influencia en puestos de toma de decisión. Fomentar que más niñas y chicas ingresen a la educación de carreras STEM requiere soluciones holísticas e integradas desde todos los sectores. Hacerlo nos moverá hacia ser una sociedad más inclusiva y un mundo más sostenible, donde nadie se quede atrás.