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Por los comentarios leídos en redes sociales, tras las declaraciones del Secretario de Estado, Mike Pompeo, durante la “sorpresiva” visita al país, sobre la conducta exterior de Pekín con sus aliados y la reacción del embajador de China en Costa Rica, parece que a un buen número les llamó la atención que se formularan y, en particular, que fuera en ese momento. Por ello, aunque se trata de un asunto olvidado unos días después, lo traigo a colación para hacer referencia a varios aspectos relacionados con mis comentarios anteriores.

El estilo de la administración Trump en política exterior, acentuado por las presiones que enfrenta por el “impeachment” –en el que cada vez aparece más evidencia del abuso de poder y del manejo irresponsable de los asuntos de seguridad de Estados Unidos–, condujo a que las relaciones entre las superpotencias –China, EUA y Rusia– hayan pasado de un reacomodo entre hegemones para establecer el orden internacional del siglo XXI a una confrontación entre potencias, basada en la concepción de mundo que impulsan Xi, Trump y Putin. Por ende, Washington necesita desviar la atención de sus asuntos domésticos al mismo tiempo que trata de imponer sus reglas en esas relaciones triangulares. De ahí que cada vez que tenga la oportunidad lanza algún dardo contra sus adversarios.

Pekín se vio obligado a acelerar su proyecto hegemónico, para no quedar rezagado en la carrera por establecer un orden mundial con perspectiva china. En la visión de Deng Xiaoping esto tendría lugar hacia mediados de este siglo; pero Xi Jinping entendió que si seguía a la velocidad propuesta, quedaría fuera del juego. Por eso aumentó el gasto militar para completar la “reforma de los asuntos militares” –originalmente se lograría en 2025– y comenzó a establecer bases militares alrededor del mundo, enmarcadas en la tesis de la “nueva ruta de la seda” (El Salvador es probable que llegue a tener un puerto con instalaciones navales para la marina china).

Si bien Xi no tiene un entorno doméstico adverso, como el de Trump, ni se preocupa por elecciones, el sólido triunfo de las fuerzas pro-independencia en Taiwán y de la persistencia de las protestas pro-democracia en Hong Kong, obliga al Gobierno chino a estrechar los márgenes de maniobra de sus aliados diplomáticos medianos y pequeños (aquí es en donde aparece Costa Rica). Es el estilo hegemónico confuciano.

En el caso de Rusia, Vladimir Putin hizo ajustes para garantizar ejercer el poder en la próxima década, no necesariamente ocupando la presidencia. Esto porque requiere de más tiempo para consolidar su proyecto hegemónico ortodoxo (mezcla de las tesis zaristas y soviéticas) y convertir a Moscú en el centro de poder mundial, el sueño ruso. Bajo este modelo el control territorial de puntos estratégicos en su traspatio geopolítico y en otros escenarios regionales fuera de su entorno geográfico cercano resulta vital. Por eso los esfuerzos por debilitar la OTAN y colocar tropas en lugares neurálgicos. Por ahora, lugares como el mar Caribe ocupan una posición secundaria.

En ese escenario, repito, Washington requiere recordar, sobre todo a los países en su traspatio, que deben tener cuidado con China. En la concepción de Pekín la soberanía y los derechos humanos tienen otras características, no las occidentales a las que estamos acostumbrados.

El Gobierno de Xi utiliza en mayor grado, si se compara con sus antecesores, exigencias diplomáticas para que sus aliados apoyen sus proyectos, y las complementa con el manejo de sus programas de asistencia al desarrollo. Por eso hay que leer las respuestas chinas a las peticiones costarricenses desde la perspectiva adecuada.

En el caso de Costa Rica hay que tener en cuenta que desde 2007 decidió limitar su discurso y defensa de los derechos humanos, que caracterizaba al país, para no herir la susceptibilidad de Pekín y así lograr obtener la ayuda e inversión que buscaba. No lo logró; pero no ha podido escapar a las limitaciones que en esa materia exige China. Por eso el mensaje de Pompeo debe contextualizarse, lo mismo que la respuesta de Pekín. ¿Lo habrá entendido la cancillería y la administración Alvarado Quesada?