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La celebración del 71 aniversario de la abolición del ejército en Costa Rica es retratar la relevancia de un acontecimiento en la historia nacional, que catapultó la forma civilista del desarrollo en los siguientes años y que cobra relevancia en un entorno actual revulsivo y que impacta a nuestra región latinoamericana.

Aquel acto liderado por don José Figueres, entonces presidente de la Junta Fundadora de la Segunda República, empuñando el mazo que resquebrajó una de las paredes del Cuartel Bellavista, quedará para siempre en la conciencia colectiva como uno de los simbolismos más representativos de una vocación pacifista que rigió nuestro destino republicano.

Al cumplirse hoy los 71 años de ese notable acontecimiento podemos regocijarnos como país. Es motivo de orgullo celebrar la visión de un estadista como don Pepe, quien supo delinear la idiosincrasia del costarricense, apegada a los valores del respeto, el entendimiento y el diálogo.

Fueron días turbios los que precedieron al acto del mazazo en pro de la libertad y la paz. Seis meses antes, se había desarrollado la última de las guerras civiles que registra nuestra historia y que se extendió durante 44 días, luego de unas cuestionadas elecciones presidenciales que fueron finalmente anuladas.

Tras finalizar el conflicto armado, Costa Rica vivió un proceso de transición y, sobre todo, de transformación, que conllevó a la instalación de una Junta de Gobierno que durante 18 meses gobernaría y convocaría a una elección popular para elegir a los representantes de una Asamblea Constituyente, encargada de redactar la nueva Constitución Política que vio la luz en 1949 y que nos rige actualmente.

Estando al frente de ese Gobierno transitorio se proclamó la disolución oficial del Ejército Nacional, mientras que, en esa misma época, a nivel internacional se venían discutiendo los convenios de Ginebra que ofrecían una protección especial a las personas que de manera colateral se veían afectadas por los conflictos armados. Costa Rica iba un paso adelante en esta materia y se aseguraba un reconocimiento mundial como país de paz, aboliendo su ejército.

Un día como hoy, además de celebrar este acontecimiento histórico, debe ser un motivo de reflexión. La paz, así como la democracia, no solo se deciden, sino que se fomentan. Fuerzas opuestas a ello pueden generar un clima de incertidumbre social que conducen a la violencia y al atropello de derechos humanos fundamentales.

Toda la sociedad y sus distintas generaciones, deben crear consciencia en el hecho de que cercar la institucionalidad armada apostando por la vía civilista para la resolución de conflictos, ha sido un logro que debe cimentarse todos los días en acciones claras que fomenten la justicia social.

La inequidad es caldo de cultivo para que la violencia germine. Actualmente, Latinoamérica vive una ola de protestas e insurrecciones que han puesto en riesgo la estabilidad y todo lo que ello conlleva. Los distintos sectores sociales que han vivido en carne propia la decadencia en los alcances de las políticas públicas se traduce en un descontento que toma como principal escenario las calles.

Ocurre en Bolivia, en Ecuador, en Chile y en otras latitudes. Abunda con opresión, amenazas y violencia en Nicaragua y Venezuela. En Costa Rica ya tenemos visos claros de cómo la falta de respuesta estatal a las demandas ciudadanas ha generado una menor confianza en la economía, en el estancamiento de la pobreza, a un incremento en los niveles de desempleo y de los índices de inseguridad.

Entonces, es cuando entendemos que, si no se contienen los riesgos, la paz social estará en una constante balanza. Y no podemos darnos ese lujo.

En suma, no podemos permitir que los esfuerzos que condujeron hace 71 años a tomar acuerdos trascendentales se pierdan o se vean amenazados. Debemos volver a las raíces y rescatar el espíritu de solidaridad, transparencia y vocación para que el progreso se democratice, la inversión social genere resultados y la capacidad de liderazgo se retome. El mazazo que debe darse en el contexto actual es hacia las formas de hacer política, la dimensión de sus impactos y la atención de sectores más desfavorecidos. Ahí está el verdadero reto.

Si lo hicimos en algún momento, podemos hacerlo ahora de nuevo. Sentir orgullo por ser reconocidos por ser una nación libre de ejército conlleva una responsabilidad que debemos asumir en estos tiempos, para que siempre perdure la famosa frase que dice “dichosa la madre costarricense que sabe que su hijo al nacer jamás será soldado”.