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Casi semanalmente se agrega un país a la amplia lista de protestas en demanda de mejores condiciones. En América Latina el más reciente es Colombia, en donde convergen numerosos grupos que requieren distintas acciones del Gobierno. Desde mi perspectiva, hay unos pocos elementos comunes en las protestas, sea Irak, Bolivia o Chile.

En común es posible reconocer que cada día se cuestiona más si la democracia está muriendo, sobre todo la democracia representativa, al extremo que se están convocando foros para analizar el fenómeno; pues el desencanto de la gente con la política y lo político es más que evidente y lo mismo ocurre con el descontento por los pobres resultados que genera el sistema democrático. Muchas veces el asunto se simplifica diciendo que se trata de un problema de mala gobernabilidad. Pero lo cierto, es que hay muchos factores que están produciendo complejos retos y desafíos a la democracia, que, si no son atendidos por todos los actores políticos -gobernantes, sociedad, sector político y económico-, bien podría provocarse el fin de este sistema político.

En Ecuador, Perú, Francia, Cataluña, Hong Kong y otros lugares las razones para protestar tienen múltiples detonantes, pero si se rasga un poco la epidermis del fenómeno se encontrarán motivos similares: insatisfacción por la dinámica de la gestión de lo público y la atención de las necesidades individuales y colectivas.

Gobernar es cada día más complejo (años luz del proyecto imaginado por los griegos en las ciudades-Estado), pues la dinámica política y la gestión de lo público —y también de lo privado— evidencia lo que un profesor y amigo mexicano, Luis Fernando Aguilar, resume en las cinco “ies”: ilegitimidad, impotencia, incompetencia, ineficiencia e insuficiencia. El aparato público hoy no logra demostrar la capacidad para responder a las demandas de todos los actores, al mismo tiempo que confrontar un empuje de los grupos religiosos que se declaran poseedores de la verdad absoluta y que buscan imponerla a toda la sociedad, no solo a su respectivo grupo de fieles.

Detrás de las protestas en Irak hay también razones religiosas, que reavivan la añeja pugna entre iraquíes e iraníes, relacionada con las diferencias entre las dos grandes ramas del islam.

Sin duda hay graves problemas de gobernabilidad y de gobernanza; es decir, de la acción de gobernar. Pero no es posible, sobre todo por quienes gobiernan y en particular por la clase política, ignorar que la dinámica social, política y cultural de este siglo es muy distinta a la de la centuria pasada. La cuestión es que los líderes políticos, los gobernantes y la burocracia se niegan a aceptar que lo que hacían el siglo pasado, hoy resulta insuficiente. Que lo digan Evo Morales, Sebastián Piñera, Lenín Moreno o Adil Abdul-Mahdi (ex primer ministro de Irak). El gobernante, junto con el funcionariado público, siguen pensando que son el soberano y que la sociedad tiene que hacer lo que dicen. Conciben que, por ejemplo, el Gobierno abierto es simple acción de digitalizar y transparentar los procesos. Y la ciudadanía de igual forma continúan pensando que su participación es solo manifestar sus opiniones, sin asumir la responsabilidad que les corresponde.

Por otra parte, la comunicación política se ha revolucionado y no es solo asunto de decir que el mundo está frente a la globalización 4.0 o la IV Revolución Industrial, sino entender que estamos ante un cambio civilizatorio. En un escenario en donde convergen distintas generaciones con cosmovisiones disímiles, por lo que el discurso y la acción política debe responder a la torre de Babel en que se ha convertido la sociedad.

No hay duda de que los denominados “baby boomers” son muy diferentes de la generación X y los millennials o de la actual alfa. No es solo porque nacieron en momentos diferentes, sino porque su lenguaje y percepciones parten de diversas premisas.

Por ende, gobernar implica atender y satisfacer las necesidades de esa multiplicidad de actores (sean grandes masas o pequeñas colectividades), no se trata de imponer —como pretenden los grupos religiosos y los gobernantes— sus proyectos de sociedad, sino de utilizar múltiples canales de comunicación y mensajes, al mismo tiempo que superar las cinco “ies”, convirtiéndolas en un sistema legítimo, potente, competente, eficiente y suficiente para la sociedad.