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El sistema patriarcal es la forma de organización social y cultural que dota a los hombres de mayor autoridad y poder por encima de las mujeres, sus pares humanas, y se sostiene a lo largo de siglos por un comportamiento particular de los hombres, su hermandad. 

Esa sutil y evidente cofradía los hace cubrirse sus espaldas mutuamente y esto es básicamente lo que ha demostrado los estudios de género y el feminismo a lo largo de muchos años de investigaciones.

Este sistema se ha ido cimentando a lo largo de siglos de opresión, de sistemático ocultamiento del aporte de las mujeres y de un odioso aprovechamiento de nuestra inteligencia, recursos, talentos y fuerza vital. 

Baste explicar lo que significa para el sistema social la poderosa y fundamental labor de cuido que realizamos las mujeres y por la cual no percibimos ningún reconocimiento económico ni social, pero que resulta vital para el funcionamiento social de cualquier país y economía.

Inicio esta columna recordando desde donde venimos las mujeres a lo largo de la historia, porque es fundamental este argumento para explicar el fenómeno que se ha venido gestando en los últimos años y meses y que ha alcanzado su clímax con el performance “El violador eres tú”.

Las sencillas y contundentes estrofas resumen la vida de todas las mujeres en cualquier parte del mundo, donde sin importar edad, condición social, cultural o económica, forma de vestir, ubicación, etc., sufrimos acoso y la violencia sexual como una forma de infundir miedo y control sobre nosotras.

La cofradía masculina

No es nada nuevo el acoso sexual para nosotras mujeres, aunque no por ello deja de ser aberrante y nefasto; históricamente hemos sido el trofeo de guerra con el que los hombres han mancillado a sus enemigos y continuamos siendo el objeto de placer sexual exclusivo del varón y sus amigos de juerga. 

Ejemplos tenemos a diario, las mexicanas que demandan una declaratoria de emergencia nacional por la violencia de género, las adolescentes nigerianas secuestradas y convertidas en esclavas sexuales por parte de la guerrilla islámica de Boko Haram, las denuncias de las chilenas que aseguran haber sufrido asaltos sexuales por parte de carabineros, las sudafricanas que padecen desde hace décadas una epidemia de violaciones sexuales y las mujeres de la India, que no pueden caminar solas por las calles, parques o viajar en transporte público por temor a sufrir violaciones multitudinarias.

Para más muestras, dos botones más, la detención y “suicidio” del billonario neoyorquino Jeffrey Epstein, acusado de tráfico sexual de menores las cuales compartía, según medios estadounidenses, con “respetables” políticos y empresarios en Nueva York y Florida, y la ratificación de violación masiva contra una joven veinteañera de la tristemente célebre La Manada, en España, que condenó a 15 años de cárcel a un grupo de cinco hombres.

Por ello, no es de extrañar que la cofradía masculina del poder siga incólume como lo ha estado desde hace siglos, maltratando y abusando de la otra mitad de la humanidad y por ello, tampoco es de extrañar que esa cofradía –la de académicos universitarios--, a estas alturas del siglo salga en media clase a decirle a algunas de sus alumnas que su destino de vida es la casa o el burdel, y su condena por ser mujeres es soportar la mirada libidinosa masculina. 

Recientemente, la académica feministas estadounidense, Judith Butler, decía en una visita a Argentina y ante la pregunta de qué pueden hacer los hombres en la lucha por la despenalización del aborto y otras formas de violencia de género, respondió: 

“Les tengo una tarea. Hay una hermandad entre hombres, que se cubren de forma natural. Tienen que romper ese pacto de hermandad. Tienen que hacerlo todos los días en la calle. Denuncien cuando se viola a una mujer, digan que a las mujeres no se las mata, que no se les pega”. 

Y yo agregaría, y no se las violente ni degrade como ha sucedido con las denunciantes de acoso en las universidades públicas, en las denuncias de tráfico y trata de mujeres menores de edad o en los casos de acoso callejero o violación. 

Porque como siempre sucede en estos casos, esa cofradía termina trasladando la carga de la prueba a las mujeres víctimas, quienes se ven obligadas a demostrar “la honra de su comportamiento social”, cuando los que no saben, ni quieren asumir la responsabilidad de sus actos violentos, son ellos, los de la cofradía. 

Es preciso y urgente que las instituciones estatales y no gubernamentales, que las mujeres en general, acompañemos a las congéneres en su denuncia, no dejarlas solas, conminarlas a seguir el debido proceso para llegar a sanciones ejemplares, para ir rompiendo esa odiosa hermandad masculina. 

¡Adelante mujeres, nada de callar ni aguantar, a denunciar y tener paciencia y resistencia para llegar al final de los procesos!