Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio.

El 7 de noviembre de 1949 vio la luz el pacto político que ha regido la convivencia de las y los costarricenses por los últimos 70 años. Hoy cumple años nuestra Constitución, acontecimiento que debe ser motivo de celebración y reflexión.

Durante la segunda mitad del siglo XX, América Latina vio morir la democracia en manos de gobiernos militares que empañaron de violencia política la Región, haciéndose del poder por medio de golpes de Estado o de elecciones maquilladas con legitimación popular.

No fue hasta la década de los 90’s cuando la vía democrática regresó a nuestro espacio común, en dónde solo dos países sobrevivió el régimen democrático y constitucional: Costa Rica y Venezuela.

Pero a hoy, luego de la perpetuación de Nicolás Maduro en el poder de Venezuela, la única sociedad donde el orden constitucional no ha sido interrumpido es la nuestra. Motivo de celebración, sí, pero más allá, de reflexión.

Por el simple hecho de que no lo hemos perdido, a veces, damos por sentado lo que tenemos y así, creyendo que “cómo siempre hemos sido una democracia, siempre lo seremos”, descuidamos la estabilidad que nos ha traído, en tiempos turbulentos, la Constitución de 1949. Nuestra generación, más allá de echar por el barco el texto constitucional, tiene la obligación de protegerlo y mejorarlo.

Protegerlo en cuanto al catálogo de derechos y garantías civiles, políticos y sociales que, tanto la Sala Constitucional, como el Tribunal Supremo de Elecciones, han mantenido vivos a hoy, haciendo frente a situaciones que el Constituyente no previó tiempo atrás. Máximo ejemplo es la protección a los derechos de las parejas del mismo sexo y las personas trans que, respectivamente, ambos órganos constitucionales resguardaron.

Y mejorarlo, sí, —entre otras— respecto a las facultades de los Poderes Ejecutivo y Legislativo, junto a las relaciones entre ambos. Ya que, cada vez más, se ensancha la brecha entre quienes representan y sus representados, al establecer la Constitución un mal balance entre ambos poderes para la realidad actual, siendo la toma de decisiones en forma eficaz la gran perdedora.

Por eso, la sociedad y los actores políticos debemos dejar las visiones cortoplacistas y permitirnos llegar a amplios consensos sobre las reformas estructurales que el Estado necesita, siempre protegiendo los derechos fundamentales que nos fueron reconocidos.

Celebramos y reflexionamos 70 años de la Constitución de 1949 a las puertas del bicentenario de nuestra independencia. Pero cuidado debemos tener frente a los discursos políticos vacíos que nos hagan dar por sentado el orden constitucional y democrático a partir de los anhelos del pasado, ya que el camino es sólo uno: fortalecer el régimen en el que vivimos.