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Yo no soy psicólogo, tampoco psiquiatra, soy abogado. Pero no voy a hablar de Derecho, sino a contar parte de lo que he vivido.

Cuando era chiquillo recuerdo levantarme cantidad de veces de la cama, antes de dormirme, para revisar que el colchón estuviese bien pegado a la pared y la puerta del cuarto cerrada. A veces, seguía hasta que caía dormido. “Eso es cualquier cosa, ahorita se le quita”, dirían —o dirán a hoy— algunas personas.

A punto de entrar a mi último año de colegio la cosa cambió, ahora eran mis propios pensamientos los que revisaba, esperando que el cansancio o, a veces, llorar detuvieran el infinito juego. Éramos mi mente y yo en un pleito sin fin, donde repetía una y otra vez cualquier cosa, desde lo que había dicho en una conversación, hasta el orden en que había saludado, al entrar en algún lugar. “Está exagerando, llamando la atención”, dirían —o dirán a hoy— algunas personas.

Pero ese momento fue un parteaguas, pasé de realizar repeticiones aisladas durante el día, a ser una especie de prisionero de mi propio cerebro. Era él quien dictaba cómo iba a pasar el día, sin que pudiese tomar decisión alguna sobre ello. Eso, junto a un fuerte ataque de pánico, llevaron al paso más importante.

Mis papás me llevaron al psicólogo, aunque ya había ido, esta vez fue diferente. Después de verme, vino la noticia: tiene que ir al psiquiatra. Sinceramente, no recuerdo que pensé con 16 años, pero creo que sentí miedo y en mi cabeza rondaba algo como “esos son doctores para los locos”.

Para hacerlo corto, fui y vino la segunda sentencia: trastornos de ansiedad generalizada y obsesivo compulsivo. Junto a las pastillas, pastillas para el cerebro…

No hay palabra, más allá de paz, que pueda describir el efecto que esa decisión de mis papás tuvo en mi vida. El acompañamiento médico y psicológico, junto a las pastillas para el cerebro, lo cambiaron todo. La lucha contra mi cabeza disminuyó, igual que las repeticiones, pude volver a decidir cómo quería pasar el día.

Pero vamos, caminar más de 10 años diagnosticado como obsesivo compulsivo y ansioso tampoco ha sido libre de obstáculos. Aún con el seguimiento profesional y, por supuesto, las pastillas para el cerebro, ambas condiciones a veces ganan el foco de atención en mi cerebro, recordándome que nos acompañaremos hasta el final. Ahí, es donde toca verlas como amigas o enemigas.

Aunque a veces me sacan de quicio, los años no pasan en vano y, por más paradójico que suene, aprendí a convertirlas en mis aliadas, a veces, en mis súper poderes que, en cierta forma (tampoco revelaré el secreto), me permiten ver ángulos que nadie ve y cosas diferentes en cada aspecto de mi vida.

Pero como digo, he caminado 10 años para llegar a esto y no he parado de aprender y de ser difícil, a veces.

Nuestra parte. Esa es parte de mi historia con la salud mental, aunque es un proceso difícil, seríamos una mejor sociedad si cada persona que vive con una condición similar tuviese su historia de diagnóstico, lucha y aceptación.

Con lo que cuento, puede haber reacciones de empatía, entendimiento, escepticismo o, simplemente, de decir: “este mae está loco”. Si usted no entra en las dos primeras, con mucha más razón dese el permiso, en el Día Mundial de la Salud Mental, de terminar de leer esto.

En palabras simples, a como yo lo he entendido, dentro del cerebro coexiste una parte psicológica con una química. Sobre la primera, sea con el apoyo de técnicas, como la meditación y con personas cercanas o especialistas en Psicología, podemos llegar a controlarla. Pero la segunda no responde a ello, por más que alguien diga “usted puede salir de esto, ponga de su parte o “no exagere y piense en algo más”, en nada ayuda.

Esto, dado que el cerebro, como cualquier otro órgano, tiene sus deficiencias fisiológicas. Así, como hay enfermedades en el corazón, el estómago, el hígado y sepa usted que más, las cuales no podemos controlar psicológicamente, hay enfermedades en el cerebro que tampoco se mejoran así. Y como hay pastillas para todo eso, también hay pastillas para el cerebro, que un psiquiatra —como un cardiólogo al corazón— puede recetar.

Así de clara es la realidad. En pleno siglo XXI, no podemos ser personas ajenas e ignorantes respecto de la salud mental, la nuestra y la de los demás. No puede ser que un tabú sea el que nos separe de chequearnos regularmente X o Y, sin hacer lo mismo con el cerebro o de no promover y entender su cuido. Lo que está en juego es la felicidad y paz con la que se vive la vida misma.

Los retos. Los cambios culturales suelen ser difíciles, a veces, toman una o más generaciones, pero de ello no puede depender de que una persona viva o no tranquila. El reto, es cambiar el metro cuadrado de Tierra en el que estamos.

Pero viene un balde de agua fría, como en muchos otros temas, será la condición socioeconómica de una persona la que defina el grado de dificultad para librar esta batalla. Aún con la importancia que la Caja Costarricense del Seguro Social tiene para con la paz social, en el abordaje de la salud mental no estamos bien. Con médicos psiquiatras saturados y poco tipo de medicamentos disponibles, se condiciona la felicidad. La Caja debe hacer lo propio y nosotras, las personas, exigirlo.

Lo anterior, más aún cuando la consulta privada en psicología y psiquiatría es cara y, aunque las familias puedan hacer un esfuerzo para atenderse, los medicamentos salen a precios exorbitantes.

Aquí, la concentración en la distribución de medicamentos a las farmacias es el problema, donde pocas manos juegan con la salud del país para elevar sus ganancias. Sólo un ejemplo, un medicamento para el cerebro que acá cuesta alrededor de ₡20.000 al mes, en España cuesta menos de ₡3.500. Sí, en Costa Rica vale casi un 700% más caro. Igual, como sociedad debemos exigir al Estado el control de esto, que es macabro.

Como comenté, es el Día Mundial de la Salud Mental, hoy es para recordar que nadie merece vivir sin paz, sea por un tabú o por retos que el Estado no ha atendido, debemos exigir salud. Seamos valientes y cuidémonos, nadie va a vivir nuestra vida por nosotras y nosotros y, además, pensar en “el qué dirán” no vale nuestra felicidad. No estamos solas y solos ya que, si no nos cuidamos entre nosotras y nosotros mismos ¿Quién lo hará?