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Crear casi siempre es bueno. La creatividad funciona para solucionar problemas, para innovar y para imaginar futuros mejores. También hay gente que decide ponerse creativa para lo contrario, haciendo más difícil el surgimiento de industrias prometedoras que pueden elevar índices positivos en lo social y lo económico. Poner frenos y obstáculos a las industrias creativas nacionales puede tener diversas causas y objetivos; prefiero que esas causas y objetivos los busque cada uno de ustedes.

La creatividad estará siempre muy ligada con la libertad y eso asusta a alguna gente poco creativa, nociva, mezquina. Muchos viven con miedo a pensar, a imaginarse, a retar pasados, presentes y futuros que el arte y la creatividad se atreven a desafiar con creaciones que trascienden fronteras e imaginarios, que liberan.  Los productos de esa imaginación desafiante muchas veces benefician a la colectividad generando empleos, visitación turística y diálogos tan necesarios como incómodos, diálogos democráticos. Resulta injusto tratar de compartir e imponer esos miedos revistiéndolos de intereses populistas. La libertad no siempre es popular. Algunas con poder prefieren controlar y acomodar a su antojo antes que verse retratadas en el arte.

Las democracias más robustas del mundo fomentan las industrias creativas y culturales otorgando condiciones para que el talento y la libertad florezcan. El cine es quizás el más completo y democrático de los artes. Incorpora tantos quehaceres y saberes como personas, tantas ideas como tareas y tantos elementos reales como imaginarios. Nos ayuda a comprendernos e imaginarnos, a identificarnos como colectivo y a vernos en el rodaje, en la sala de cine o en la interacción que generan las diversas reacciones de los espectadores. Si algo es cierto es que el cine de las sociedades democráticas las robustece generando múltiples catarsis.

La producción del cine local acerca a las personas nacionales a sus distintos componentes, las hace partícipes de los múltiples procesos creativos y económicos, desencadenando efectos positivos y democratizando los beneficios generados. En un país que no lee, donde los libros muchas pueden parecer bienes de lujo para un alto porcentaje de la población, la película hecha con el guion cuidadosamente escrito, la fotografía exquisita, la música sublime y cercana, la actuación ejecutada con magistralidad por la paisana o el paisano que habita su suelo y se parece a él, puede resultar una experiencia liberadora, emocionante y necesaria. El cine tico es muy digno y necesario.

Colombia rueda más de 40 películas por año gracias a su ley de cine promulgada hace más de 15 años. Hoy en Costa Rica, aún carente de una legislación que fomente verdaderamente su incipiente y talentosa industria cinematográfica, nos enfrentamos a una movida oscura y seca, difícil de justificar aunque quieran defenderla con discursos de austeridad. Dice Antonio Muñoz Molina que la más parecida a la angustia del cine es la de los sueños. Ahora en la sala de las 57 sillas nos angustian más y con más oscuridad que las buenas salas cinematográficas, tanto como en los sueños más terribles.

Algunos salones de nuestro país donde se toman decisiones que nos afectan a todos son muy austeros en coherencia, sensibilidad artística y visión global. Ojalá el cine nacional siga trayendo luz a las mentes, las salas y al futuro, que buena falta nos hace.