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Nací en enero de 1981, nueve meses antes de que el FMI saliera huyendo de Costa Rica. Confieso que no recuerdo nada del gobierno de Carazo. Mi papá se desempeñaba como funcionario de un banco estatal, de modo que la crisis apenas se nos mostró en su variante de frívola carestía: mi mamá cuenta que, debido a la precaria mantequilla que Carazo importó de Europa del Este, el queque de mi primer cumpleaños quedó horrible. Eso dice ella y no puedo comprobarlo. Ni el origen de la mantequilla ni el sabor del queque. 

Mientras EE. UU. inyectaba divisas en el Banco Central, mientras decenas de agentes de la CIA hacían de Rohrmoser una suerte de Miami Beach con el océano amputado, mientras en El Salvador y Nicaragua los niños empuñaban ametralladoras, mis amigos y yo pasábamos del Atari al Nintendo. 

Tuve una infancia apacible, sin privaciones, que se convirtió en una adolescencia apacible, sin privaciones, y luego en una juventud apacible, sin privaciones. Hoy, que me acerco peligrosamente a los 40, puedo decir que nunca antes había sufrido los efectos de una crisis económica. Es más,  la del 2008 ni la sentí. 

Dicho de otro modo: transité intacto, como muchísima gente,  por la “larga noche del bipartidismo y el neoliberalismo”. La apertura comercial que cuestioné con tan inconsciente vehemencia en mis primeros años de U, no sólo nos dio oportunidades laborales y de acceso a información, sino que introdujo un factor democratizador en las dinámicas de consumo: la gente como yo bebía vino chileno, comía sushi y, a los veintipico, predominantemente, trabajaba en Call Centers sólo cuando quería mochilear o rentar un apartamento en San Pedro. 

Ya lo dijo González de Alba: los humanos nos pasamos proponiendo utopías maravillosas para luego añorar la antigua tiranía derrocada.

Fuimos los hijos de los babyboomers de clase media; los hijos de los funcionarios públicos de nivel medio y alto. Estudiamos en colegio privado y universidad pública. Vacacionamos en Guanacaste y nutrimos los programas de AFS. A la par de los bolis y las doraditas de la soda del barrio, tuvimos compu, tenis Nike, televisión por cable, Internet y celular.  O sea, nadie se benefició tanto como nosotros de esa peculiar yuxtaposición de socialdemocracia y liberalización comercial. 

Y sin embargo...  Fuimos los primeros en irnos entusiastamente de bruces con la retórica inconoclasta de baja intensidad del PAC y el Frente Amplio. Marchamos contra el Combo y contra el TLC.  Votamos por Ottón. Celebramos cuando Luis Guillermo blandió un legajo de dudosas denuncias en su informe de los 100 días. Y saltamos de emoción cuando se emprendió la recuperación nominal de esa entelequia universalmente conocida como “Estado Social de Derecho”.  

Luego, se sabe, la transparencia de la casa de cristal devino opacidad de cemento. El guacamole, al igual que el vino de plátano, salió agrio pese a ser nuestro guacamole. Y la vida liberada del freelancer acabó estrellándose con la tragedia de la declaración mensual del IVA. 

Hay un pasaje de Nuestros años verde olivo, esa novela de Ampuero sobre el desencanto del castrismo, en el que el narrador evoca la figura de sus antepasados para armar un marco de referencia que le permite salir de una crisis. De entrada, no parece algo especialmente original. Es harto frecuente que echemos mano de nuestro pasado para enfrentar las adversidades. Lo que llama la atención de ese pasaje, sin embargo, tiene que ver con otra cosa: la posibilidad de incorporar la experiencia del pasado de una manera creadora, no museística. Y esto sólo se consigue mediante una suerte de operador narrativo. 

El personaje de Ampuero se reconoce implicado en una trama  que lo excede y lo condiciona, se sabe vencido, pero identifica algunas pistas de esa trama y reelabora otra noción de realidad. Cabe decir que este proceso es muy diferente al típico "las lecciones de la historia", "lo que hicieron nuestros abuelos" o "aprender del pasado". Tiene  que ver, repito, con la incorporación activa de la experiencia del pasado y tiene que ver con un aspecto fundamental: la sospecha de que el paso del tiempo provoca nuevas estructuras y lo único que permanece, más o menos, estable es su sentido narrativo. 

Hoy, para una inmensa mayoría de costarricenses, el sentido de realidad, de actualidad, está cruzado de arriba a abajo por el desencanto. Reducimos los problemas a fenómenos, los fenómenos a datos y los datos a sombras de sí mismos. Pero, desde luego, los datos no son ni serán los elementos constitutivos de ese  sentido de realidad. Quizás por eso el desafío más grande que enfrentamos como colectivo no tiene que ver con el malabarismo fáctico ni la lucha contra la información falsa, sino con la posibilidad de reconocernos, como el personaje de Ampuero, en un relato común.