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La compleja, y siempre tensa, relación tripartita entre Estados Unidos-Taiwán-China se reaviva cada vez que quien gobierna en Taipei visita, en tránsito, territorio estadounidense. Esta vez se trata de la parada técnica que la presidenta Tsai Ing-wen hiciera la semana del 8 al 12 de julio, durante cuatro días, en su viaje al Caribe, para visitar a cuatro de los 17 aliados diplomáticos que tiene Taiwán. Pero no se puede olvidar cuando, en 1995, China amenazó —una de las múltiple ocasiones— con invadir la isla a raíz de la visita privada del entonces presidente Lee Teng-hui, pues Pekín la calificó de una violación de la declaración conjunta de 1979. El gobierno chino nunca ha renunciado al uso de la fuerza para “recuperar” Taiwán, aunque reitera periódicamente que uno de sus firmes principios de política exterior es la paz y la coexistencia pacífica.

Hay que recordar que la isla es uno de los pocos “puntos álgidos” que existen en el mundo, resabio de la Guerra Fría, y que, en cualquier momento, puede constituirse en el foco de una confrontación armada, sobre todo cuando China consolide su poderío y decida impulsar, abiertamente, su proyecto hegemónico global, lo cual el régimen estima alcanzar en 2025, al completar la reforma de los asuntos militares. Pero también porque Washington utiliza a Taiwán como una carta para presionar a Pekín. Por eso no hay que extrañarse si Donald Trump anuncia un fortalecimiento de las relaciones con Taipéi en el marco de la guerra comercial que ha impulsado. Trump es el mandatario más pro-Taiwán de las últimas administraciones.

Lo prolongado de la estadía de la presidenta Tsai en tierras norteamericanas, pues en ocasiones anteriores han sido escalas de dos días y ahora son cuatro, enfureció al Gobierno de Xi Jinping, que percibe un creciente acercamiento entre la administración Trump y Taipéi. Por lo que no hay que descartar la apertura de nuevo frente en las ya tensas relaciones entre esos dos países. A esto se suma que Pekín cada vez está más preocupado por la situación en Hong Kong, incluso ha movilizado tropas cerca de la frontera y enviado funcionarios al territorio para respaldar al Gobierno de Carrie Lam, y no puede darse el lujo de abrir un frente en el Estrecho de Taiwán que conduzca a la declaración formal (pues la informal existe desde hace décadas) de independencia y se establezca la “República de Taiwán”. Si esto ocurriera, daría un impulso a los grupos pro-independencia de Hong Kong y fomentaría las fuerzas autonómicas en zonas chinas de Asia Central (sin olvidar Tíbet, que está ocupado desde 1950).

Por supuesto, la mandataria recordó, al iniciar su periplo, que la democracia taiwanesa, construida a lo largo de las últimas décadas —tras el fin del régimen autoritario de Chiang Kai-shek— enfrenta la amenaza de fuerzas extranjeras que niegan el derecho a la autodeterminación del pueblo taiwanés. Por ello, agregó, su Gobierno busca reforzar los lazos con Washington. Esta visita se produce tras conocerse que Estados Unidos venderá armamento a la isla por US$2.200 millones —una de las cosas que más enfurece a Pekín—; lo cual se da en el marco del 40 aniversario del Acta de Relaciones con Taiwán, que define los vínculos entre Washington y Taipéi.

China insiste en que se trata de una “provincia rebelde”, la cual debe regresar a la “patria”, durante una primera fase bajo el esquema de “un país, dos sistemas”. Por eso desde inicios de julio el Gobierno pidió a la Casa Blanca no autorizar el tránsito de la mandataria taiwanesa. Y el pasado viernes 12 el canciller Wang Yi demandó no “jugar con fuego”, pues la independencia de Taiwán está condenada al fracaso. Esto porque Pekín reconoce el derecho de autodeterminación de los pueblos para otros países (incluso promovió la independencia de Sudán del Sur), pero niega ese derecho al pueblo taiwanés, que en su mayoría —según los sondeos de opinión pública independientes— rechaza la vinculación con el territorio continental, aunque se consideran parte de la cultura y la civilización china, pero no de la República Popular China.